Lo que ves en Cáritas es alucinante

Alejandro Toledo – Vídeo para Cáritas

Es imposible que los que conocen de cerca el trabajo de Cáritas tengan una mala opinión
“Lo que ves allí es alucinante: mucha gente anónima que ayuda aportando tiempo y dinero. Echan una mano sin reclamar nada. Es mucha gente buena”.
Toledo reflexiona sobre el fenómeno de los “nuevos parados”, como el joven padre que protagoniza su anuncio. “En la campaña yo quise transmitir esa sensación de quedarte en la calle sin nada, con tus hijos, que es algo que nos puede pasar a todos. No quería asustar, quería hacer pensar.
Ver artículo completo en “Religión en Libertad

«Yo soy el 10%»

El niño con síndrome de Down que está empezando a revolucionar la Red
“No soy perfecto, pero soy feliz. Soy obra de Dios y llevo su imagen. He sido bendecido. 
Soy el 10% de los niños con síndrome de Down que han sobrevivido a Roe vs Wade
El niño se llama Boaz y tiene seis años. Su padre, Andy Reigstad, tomó la foto para mostrar a la gente cómo son las cosas: “Aunque nuestro hijo no es perfecto (ninguno lo somos), es feliz y su vida vale la pena vivirla”.

Carta desde el Congo

Nuestro amigo Donato, sacerdote congoleño ‘de RD de Congo’ nos escribe sobre la realidad de su país, la situación es dura, hace unos días habían asesinado a una religiosa y a un sacerdote

Hablando sobre la educación “…son los padres quienes pagan a los profesores para que se escolaricen sus hijos. Esto quiere decir que los hijos de los pobres no pueden escolarizarse. Lo que es una verdadera pena. Ante esta situación, hemos puesto en marcha un pequeño centro donde los hijos e hijas de los pobres pueden prepararse al examen final del bachillerato. Es verdad que no es una respuesta global al problema, pero es lo que podemos. Incluso, esto va más allá de nuestras posibilidades. Se trata de unos jóvenes que no han podido terminar con la secundaria por causa de dinero. Tenemos a 10 profesores a quienes pagamos 50 dólares al mes, cada uno, esto está constando muchísimo…”

Salen a la calle de mil maneras, en manifestación, con romerías… en una de estas manifestaciones mataron a un joven de 23 años, padre de un bebé de 3 meses. Unos se cansan, otros continúan la lucha; celebraron en la catedral una misa con procesión por los últimos asesinados.

Manda un saludo: “No os canséis de insistir a los que no quieren escuchar, no os canséis de denunciar las injusticias”.

“Reconozco que lo que mando no es del todo fácil. Pero, es lo que estamos viviendo. Son imágenes del asesinato de la hermana Denise Kahambu Muhayirwa, monja de clausura, asesinada el lunes 7 de diciembre 2009, sin ninguna razón (no manifestaron ninguna). Ojalá que con nuestro compromiso, podamos conseguir que esto no vuelva a ocurrir nunca jamás en este mundo con esas imágenes realmente escalofriantes os deseo FELIZ NAVIDAD; es que es lo que tengo”

Autor: Solidaridad.net- Fecha: 2010-01-05

SI QUIERES PROMOVER LA PAZ, PROTEGE LA CREACIÓN

Somos responsables de la Creación

Si quieres promover la paz, protege la creación es el título elegido por el Papa para la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra mañana. Benedicto XVI advierte de que «los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes» son, «con frecuencia, insostenibles». Pero también señala que «la cuestión ecológica», al poner ante nuestros ojos la responsabilidad de cada uno hacia los demás y hacia los que están por venir, nos brinda la ocasión de construir «una auténtica solidaridad de alcance mundial». Éstos son algunos de los fragmentos más significativos del Mensaje:

Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la Iglesia, experta en humanidad, se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación. En 1990, Juan Pablo II habló de crisis ecológica y, destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar «la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad». Este llamamiento se hace hoy todavía más apremiante ante las crecientes manifestaciones de una crisis, que sería irresponsable no tomar en seria consideración. ¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados prófugos ambientales, personas que deben abandonar el ambiente en que viven a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

Sobriedad y solidaridad

No obstante, no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella. La Humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita redescubrir esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando -ya sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social- son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones.
La armonía entre el Creador, la Humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de dominar la tierra, de cultivarla y guardarla, y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación. El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él.

Destino universal de los bienes

La herencia de la creación pertenece a la Humanidad entera. En cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras. Se puede comprobar que el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras, o de la búsqueda de intereses económicos miopes, que se transforman en una seria amenaza para la creación. Para contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral, es también necesario que la actividad económica respete más el medio ambiente. Cuando se utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también sus costes -en términos ambientales y sociales-, que han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los Gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar, de manera eficaz, una utilización del medio ambiente que lo perjudique. Es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener en cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a las futuras generaciones.
Parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras. El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes; que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para el bien de hoy y para el bien del mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados. Entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados. No obstante, tampoco los países menos industrializados, particularmente aquellos emergentes, están eximidos de la propia responsabilidad respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente medidas y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse más fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la asistencia y la transferencia de conocimientos y tecnologías más limpias.
La crisis ecológica, pues, brinda una oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada a cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más respetuosa con la creación y de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores propios de la caridad en la verdad. Por tanto, desearía que se adoptara un modelo de desarrollo basado en el papel central del ser humano, en la promoción y participación en el bien común, en la responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser, sobre todo, la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial.

El hombre, centro de la creación

Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida.
La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana. No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que salvaguarde una auténtica ecología humana y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.
Hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea, inspirada en el eco-centrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la dignidad de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita, en cambio, a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la gramática que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que, ciertamente, no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana.

Fuente: Alfa y Omega

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Homilia de Benedicto XVI en la Misa de Gallo

“Jesucristo, tú que has nacido en Belén”, “entra en mí, en mi alma”

Homilía pronunciada por Benedicto XVI en la Misa del Gallo de la Noche Buena, celebrada en la Basílica de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas:

“Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,5). Lo que, mirando desde lejos hacia el futuro, dice Isaías a Israel como consuelo en su angustia y oscuridad, el Ángel, del que emana una nube de luz, lo anuncia a los pastores como ya presente: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). El Señor está presente. Desde este momento, Dios es realmente un “Dios con nosotros”. Ya no es el Dios lejano que, mediante la creación y a través de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. Él ha entrado en el mundo. Es quien está a nuestro lado. Cristo resucitado lo dijo a los suyos, nos lo dice a nosotros: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Ésta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, también me afecta a mí. Y, entonces, también yo debo decir como los pastores: Vayamos, quiero ir derecho a Belén y ver la Palabra que ha sucedido allí. El Evangelio no nos narra la historia de los pastores sin motivo. Ellos nos enseñan cómo responder de manera justa al mensaje que se dirige también a nosotros. ¿Qué nos dicen, pues, estos primeros testigos de la encarnación de Dios?

Ante todo, se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos. El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intereses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia. Hay quien dice “no tener religiosamente oído para la música”. La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos “sin oído musical” para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo. Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen “no tener este oído musical” y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste. El gran teólogo Orígenes dijo: si yo tuviera la gracia de ver como vio Pablo, podría ahora (durante la Liturgia) contemplar un gran ejército de Ángeles (cf. In Lc 23,9). En efecto, en la sagrada Liturgia, los Ángeles de Dios y los Santos nos rodean. El Señor mismo está presente entre nosotros. Señor, abre los ojos de nuestro corazón, para que estemos vigilantes y con ojo avizor, y podamos llevar así tu cercanía a los demás.

Volvamos al Evangelio de Navidad. Nos dice que los pastores, después de haber escuchado el mensaje del Ángel, se dijeron uno a otro: “Vamos derechos a Belén… Fueron corriendo” (Lc 2,15s.). Se apresuraron, dice literalmente el texto griego. Lo que se les había anunciado era tan importante que debían ir inmediatamente. En efecto, lo que se les había dicho iba mucho más allá de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad. ¿Qué podía haber de mayor importancia? Ciertamente, les impulsaba también la curiosidad, pero sobre todo la conmoción por la grandeza de lo que se les había comunicado, precisamente a ellos, los sencillos y personas aparentemente irrelevantes. Se apresuraron, sin demora alguna. En nuestra vida ordinaria las cosas no son así. La mayoría de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les acucian de modo inmediato. Y también nosotros, como la inmensa mayoría, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aquí y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en último lugar. Esto – se piensa – siempre se podrá hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la máxima prioridad. Así, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios. Una máxima de la Regla de San Benito, reza: “No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)”. Para los monjes, la liturgia es lo primero. Todo lo demás va después. Y en lo fundamental, esta frase es válida para cada persona. Dios es importante, lo más importante en absoluto en nuestra vida. Ésta es la prioridad que nos enseñan precisamente los pastores. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones – por más importantes que sean – para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo. El tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, nunca es tiempo perdido. Es el tiempo en el que vivimos verdaderamente, en el que vivimos nuestro ser personas humanas.

Algunos comentaristas hacen notar que los pastores, las almas sencillas, han sido los primeros en ir a ver a Jesús en el pesebre y han podido encontrar al Redentor del mundo. Los sabios de Oriente, los representantes de quienes tienen renombre y alcurnia, llegaron mucho más tarde. Y los comentaristas añaden que esto es del todo obvio. En efecto, los pastores estaban allí al lado. No tenían más que “atravesar” (cf. Lc 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los sabios vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil para llegar a Belén. Y necesitaban guía e indicaciones. Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él. Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí. Transeamus usque Bethleem, dice la Biblia latina. Vayamos allá. Superémonos a nosotros mismos. Hagámonos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia Él. Pero también a través de senderos muy concretos, en la Liturgia de la Iglesia, en el servicio al prójimo, en el que Cristo me espera.

Escuchemos directamente el Evangelio una vez más. Los pastores se dicen uno a otro el motivo por el que se ponen en camino: “Veamos qué ha pasado”. El texto griego dice literalmente: “Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí”. Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es así. El Ángel había dicho a los pastores: “Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12; cf. 16). La señal de Dios, la señal que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor. Cuánto desearíamos, nosotros los hombres, un signo diferente, imponente, irrefutable del poder de Dios y su grandeza. Pero su señal nos invita a la fe y al amor, y por eso nos da esperanza: Dios es así. Él tiene el poder y es la Bondad. Nos invita a ser semejantes a Él. Sí, nos hacemos semejantes a Dios si nos dejamos marcar con esta señal; si aprendemos nosotros mismos la humildad y, de este modo, la verdadera grandeza; si renunciamos a la violencia y usamos sólo las armas de la verdad y del amor. Orígenes, siguiendo una expresión de Juan el Bautista, ha visto expresada en el símbolo de las piedras la esencia del paganismo: paganismo es falta de sensibilidad, significa un corazón de piedra, incapaz de amar y percibir el amor de Dios. Orígenes dice que los paganos, “faltos de sentimiento y de razón, se transforman en piedras y madera” (In Lc 22,9). Cristo, en cambio, quiere darnos un corazón de carne. Cuando le vemos a Él, al Dios que se ha hecho niño, se abre el corazón. En la Liturgia de la Noche Santa, Dios viene a nosotros como hombre, para que nosotros nos hagamos verdaderamente humanos. Escuchemos de nuevo a Orígenes: “En efecto, ¿para qué te serviría que Cristo haya venido hecho carne una vez, si Él no llega hasta tu alma? Oremos para venga a nosotros cotidianamente y podamos decir: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20)” (In Lc 22,3).

Sí, por esto queremos pedir en esta Noche Santa. Señor Jesucristo, tú que has nacido en Belén, ven con nosotros. Entra en mí, en mi alma. Transfórmame. Renuévame. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra, nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado.

[Traducción distribuida por la Santa Sede

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

Fuente: Zenit

4ª de Adviento: La Llegada es Inminente

«Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.»

Miqueas 5, 1:4a


El Adviento es un tiempo breve. Apenas cuatro semanas para ponernos en orden, para darnos un toque de atención y enseguida sucede lo que tanto hemos ansiado. Celebramos lo que la humanidad estaba esperando desde siempre. Y nosotros, hoy, dos mil años después, seguimos todavía ansiando ver en su plenitud. Pero ya ha habido señales claras, distintas, de que ese momento está por llegar y de que llegará de verdad.
Las lecturas de este domingo ya no nos invitan, como las de los anteriores, a la conversión. Ahora se nos invita a fijar la vista en el pasado. La mirada se centra en aquella esquina del mundo que era Palestina y que fue antes el reino de Israel. Es uno más de los territorios ocupados por los romanos. Reina una paz relativa, como en todos los lugares donde una potencia ocupante impide a los pueblos gobernarse a sí mismos. Hay ansias de liberación en unos, los que sienten oprimidos. Otros, los que se han beneficiado de sus tratos con los romanos, hay deseos de que la situación sea estable y permanezca en el tiempo.

Dos mujeres embarazadas

La mirada se centra todavía más. Estamos tan cerca que ya distinguimos a las personas, a los protagonistas de nuestra historia. Aparecen en el Evangelio María e Isabel. Se habla también de Zacarías, el esposo de Isabel. María e Isabel son primas. Las dos están embarazadas. Para ninguna de las dos ha sido un embarazo fácil. Las dos sienten en su interior que ha sido la gracia de Dios, el Espíritu de lo alto, la que ha hecho posible su embarazo. Sienten el gozo íntimo de tener en su interior una nueva vida, que es siempre motivo de esperanza, de alegría. Una mujer embarazada, un niño recién nacido, son siempre causa de esperanza, son el signo contundente, para el que lo quiere ver, de que la vida sigue, de que Dios continúa creando, de que la vida es más fuerte que la muerte.
Para nosotros hoy recordar aquel momento, el encuentro de las dos primas, es revivir y sentir en nosotros el gozo de la vida que puja por triunfar sobre la muerte. Sentimos la experiencia de la muerte demasiado presente en nuestro mundo. Socialmente porque la crisis económica nos afecta a todos. Hasta los habitantes de los países desarrollados hemos sentido la mordedura de la inseguridad. En otros países, que ya eran pobres de por sí, hay más pobres, hay menos futuro. Políticamente los conflictos parece que triunfan sobre el diálogo y la búsqueda del bien común. Las guerras siguen. La violencia no para. Se sigue condenando a muerte y, a veces, por razones increíbles.
No todo es malo ciertamente. No hay que pintar de color negro un mundo que ya es de por sí gris oscuro. Hay momentos de luz. Pero muchos de ellos son artificiales, ilusorios, fruto sobre todo del egoísmo, del “que cada uno se busque la vida”. La verdadera fraternidad escasea y no llega a todos. Hay muchos excluidos. Demasiados.

La alegría de la esperanza

Por eso, hoy tiene que aparecer en nuestro rostro una gran sonrisa al escuchar estas lecturas. Nos hablan de esperanza y de futuro. Nos dicen que hubo un momento en que la llegada era inminente. Hay que releer en esta clave la primera lectura. De estas mujeres sencillas, María e Isabel, nacerán Juan, el Precursor, y Jesús, el Cristo. Nuestra esperanza no es infundada porque eso ya sucedió hace muchos años. Y sabemos que el Reino de Dios ya está aquí. De Jesús dice el profeta que “pastoreará con la fuerza del Señor” y que “será nuestra paz”.
Viene a cumplir la voluntad de Dios, como se dice en la segunda lectura. No es una voluntad abstracta y desconocida. Sabemos que Dios quiere la vida, nuestra vida, que su voluntad es que todos nos salvemos. La voluntad de Dios no es motivo de amenaza sino de esperanza. No se perderá nada de lo que Dios ama. Y Dios ama su creación. Dios nos ama a cada uno de nosotros.
Lo que el Señor dijo a María se cumplirá. Se ha cumplido ya en Jesús. Nosotros seguimos esperanza su cumplimiento definitivo. Pero nuestra espera está dominada por el gozo y el compromiso. Por la alegría íntima que nos nace de dentro y por la voluntad de construir ya este mundo según el Reino. Es tiempo de alegría. Es tiempo de gozo.

Fernando Torres Pérez, cmf | fernandotorresperez@earthlink.net

Fuente: Ciudad Redonda

Maggy, “el ángel de Burundi”

Le llaman “el ángel de Burundi”, aunque el día en que su vida dio un cambio completo –el 24 de octubre de 1993- Marguerite Barankitze (conocida en su país como “Maggy”) pensó en suicidarse. Maggy de etnia tutsi, trabajaba de secretaria en el obispado de Ruyigi y había escondido a algo más de cien hutus que escapaban de las matanzas que asolaban esta pequeña nación de África Central. Ese día llegaron las milicias tutsis y, tras maltratarla y acusarla de traidora la ataron a una silla y le obligaron a contemplar la peor visión de su vida. “Mataron a 72 personas delante de mí”, recuerda con emoción. “Cuando terminó aquella masacre mi oración se convirtió en protesta y pregunté a Dios si realmente Él es amor”.

Maggy recibió el pasado 31 de enero el Premio a la Fraternidad que la revista Mundo Negro, editada por los misioneros combonianos, entrega todos los años. Su testimonio conmovió a las más de 120 personas que la escucharon. Sin embargo, recalcó que no venía a contar “las miserias de África.” “Dejad de llorar por los africanos, nosotros tenemos que dejar de ser víctimas eternas.”

Su vida es un vivo retrato de esta negativa a resignarse ante la crueldad y la injusticia. Recuerda Maggy cómo al día siguiente de aquella terrible masacre, tras enterrar a los muertos, recordó las últimas palabras de una de las mujeres antes de perecer bajo el machete: “Maggy, cuida de nuestros hijos”. Aquello le salvó del suicidio. Sin dinero y sin un lugar a dónde ir, recogió a siete traumatizados niños que habían sobrevivido a la matanza y buscó un techo para ellos; primero, con un cooperante alemán y más tarde con el obispo de su diócesis. Eran tan pobres que, según recordó, tuvieron que ir a las oficinas de una ONG para recoger los cartones de las cajas de embalaje de sus ordenadores, que les sirvieron de camas para los niños. Se corrió la voz, y cientos de huérfanos niños –hutus y tutsis- siguieron llegando a ella en busca de protección mientras la guerra se recrudecía en Burundi. “A los cuatro años tenía a 4.000 niños a mi cuidado, y a los 10 años una multitud enorme. Durante este tiempo más de 30.000 niños han pasado por nuestra obra”.

Con un tesón inimaginable, Maggy fundó en Ruyigi la casa Shalom y la “ciudad de los ángeles” –que cuenta incluso con cine, piscina, talleres y una biblioteca para los niños-, instituciones que hoy se han extendido a otras ciudades de Burundi, y que tiene también sucursales en Ruanda y Goma (República Democrática del Congo). Los niños no viven en un orfanato como tal, sino en pequeños asentamientos de varias casas tuteladas que al cabo de un tiempo pasan a tener en propiedad. Algunos de ellos han llegado a estudiar medicina y enfermería y ya tienen trabajo en el nuevo hospital que su institución acaba de construir en Ruyigi. El centro sanitario lleva el nombre de “Rema”, palabra que en lengua kirundi significa “ánimo”. “Lo que siempre me ha sorprendido –subraya Maggy- es que yo nunca he acudido a ninguna organización con un proyecto a buscar dinero, sino que todo el mundo ha acudido a nuestro centro a ofrecer ayuda. Los políticos no están contentos conmigo, porque no entienden por qué yo recibo dinero del exterior y ellos no”.

Esta extraodinaria labor no ha estado exenta de mil dificultades. Tras otra masacre de civiles en 1996, cuando enterró a 55 de ellos estaba tan traumatizada que perdió el habla durante un mes y tuvo que recluirse un tiempo en un convento de monjas carmelitas para recuperarse. Originaria de una rica e influyente familia de la élite tutsi en su país, para sus parientes se convirtió en un paria. No sólo por ayudar a la etnia enemiga, los hutu, sino también por no querer casarse, algo impensable en la cultura burundesa. “La última vez que se enfadaron conmigo fue cuando me puse a construir el hospital en un terreno que era de mi padre sin pedirles permiso”, recuerda.

Con una risa franca y contagiosa, confiesa sin complejos: “Yo he robado muchas veces para ayudar a mis niños, espero que San Pedro me deje pasar al cielo cuando yo muera”. Recuerda cómo durante sus primeros años como madre de sus cientos de niños huérfanos, acudía muy de mañana a misa con una gran bolsa llena de biberones vacíos. Cuando el obispo y sus ayudantes terminaban el desayuno, Maggy entraba sigilosamente en el comedor y se llevaba la leche que había sobrado. “Nunca se dieron cuenta –dice- lo cual quiere decir que seguramente no les hacía falta”. En otra ocasión, se llevó la tela de refuerzo de las cortinas del obispado para hacer camisas y pantalones para sus huérfanos. “Pero al cabo de unos meses me invitaron a traer a mis niños para cantar y bailar en una fiesta de la diócesis. Yo no me dí cuenta y me presenté allí con ellos vestidos con la tela que había robado. Las monjas me echaron una buena bronca”. Termina Maggy contando sus dotes de Robin Hood africana diciendo: “incluso cuando voy a visitar a mis primos, sus mujeres esconden su vestuario por si acaso”.

Durante la misa de acción de gracias por su obra social, celebrada en la capilla de los Misioneros Combonianos en Madrid el 1 de febrero, que estuvo animada por un coro de inmigrantes africanos, Maggy dejó un triple mensaje: “A los misioneros os digo gracias por haber dejado vuestra vida para ayudarnos a los africanos, a los europeos os pido que no perdáis vuestras raíces cristianas que son vuestra identidad cultural, y a mis hermanos africanos os pido que volváis. África os necesita”.

Fuente: Combonianos

Otras fuentes: El Periodico | Hoy Mujer | Canal Solidari | Periodista Digital

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