Las consultas de los psicoanalistas se llenan de liberados sexuales


«Orientación cristiana de la sexualidad», es un auténtico vademécum que responde a cuestiones sexuales desde la doctrina católica. «Hemos de estar al día y ser para la gente camino y luz», confiesa el autor, sacerdote, «pero eso no se consigue falsificando la enseñanza de Jesús».

Pedro Trevijano es sacerdote, doctor en Teología Moral y licenciado en Derecho, y con una amplia experiencia docente en el seminario diocesano y en varios institutos de enseñanza secundaria. Ha dedicado buena parte de su vida al estudio de la doctrina cristiana sobre el sexo, plasmada ahora en un volumen publicado por la editorial Voz de Papel bajo el título «Orientación cristiana de la sexualidad».

- No es la primera obra que publica sobre el tema…
– Efectivamente, hace unos años publiqué un libro titulado Madurez y Sexualidad, del que se hicieron dos ediciones: en 1988 y otra, ampliamente reformada, en 1994. Las dos están agotadas.

- ¿Por qué esta nueva obra?
– Nuestra sociedad hoy da mucha importancia al sexo pero, al mismo tiempo, con frecuencia hay una gran inmadurez al abordar y sobre todo vivir la sexualidad, que queda trivializada. Como, por otra parte, aun dentro de la continuidad esencial de la Iglesia y su Magisterio, han surgido multitud de problemas nuevos, me ha parecido interesante publicar este libro, a fin de que la gente pueda conocer lo que realmente dice la Iglesia.

- ¿Considera que hay muchos prejuicios sobre la doctrina católica?
– A mí me enseñaron que la Iglesia es Madre y tiene sentido común. Y si uno se toma la molestia de ver qué enseña la Iglesia, se da cuenta que está cargada de razón. El gran problema de nuestra sociedad en lo referente a la sexualidad es cuál es su sentido. Para muchos simplemente se reduce al placer, mientras que la Iglesia Católica insiste en que el sentido de la vida es el amor y, por tanto, también es el amor lo que da un sentido realmente humano a la sexualidad. Las consecuencias de una y otra concepción están a la vista, pero dado el cortoplacismo actual no es fácil llegar en este terreno a la sensatez.

- Por eso la Iglesia entiende el matrimonio como el ámbito idóneo en el que el hombre y la mujer viven con plenitud la vida sexual?
– Elegir la generosidad y la entrega hacia el otro supone no dejarse llevar por lo inmediato, sino saber calibrar la importancia del medio y el largo plazo; pero quien así hace, se encuentra con que su vida vale la pena y está llena de sentido. Para mí el referente máximo de amor humano, que tantas veces coincide con el amor cristiano, es un matrimonio que lleva 30, 40, 50 o 60 años queriéndose.

- ¿No hay peligro de que llegue el tedio, incluso desde el punto de vista sexual?
– Recuerdo que en cierta ocasión un novio me dijo: «Llegamos los dos vírgenes al matrimonio, ¿qué consejo me das?». Le respondí: «Cuando hagas el acto sexual con ella, procura que tu mujer sienta que lo haces no porque eres un macho ibérico que te desfogas, sino que tienes relaciones sexuales con ella porque la quieres». Lo que sí creo que es rutinario, convencional y tedioso es el acto sexual hecho sin amor, que incluso en el matrimonio puede llegar a ser violación intramatrimonial. Pero cuando es expresión de amor, aparte de que supone la máxima entrega posible entre un varón y una mujer, hasta el placer es diferente, porque está apoyado en el amor y la entrega al otro, no sólo en impulsos biológicos que acaban conduciendo al acto sexual a cierta impersonalidad, a la indiferencia y al hastío.

- A eso contribuye también la pornografía…
– En cuanto a la naturalidad del sexo, parece evidente que su publicitación, su exhibición más o menos explícita en los medios, no contribuye a hacerlo más personal o natural en la vida real de la pareja. Las relaciones sexuales que necesitan una mujer o un hombre son aquellas que poco a poco van evolucionando y haciéndose más satisfactorias a medida que ambos van entregándose y conociéndose en su intimidad. Eso es lo natural.

- ¿La sofisticación no es entonces una ayuda?
– Si uno o los dos han interiorizado —por conversaciones, revistas, películas o publicidad— determinadas fantasías sexuales, para él y, sobre todo, para ella, la sexualidad se vuelve más artificiosa e impersonal. Es el cariño mutuo y la entrega en la intimidad lo que lleva a los esposos a tener relaciones de la forma más satisfactoria y natural.

- ¿Cómo ver en eso la voluntad de Dios?
– Dios es Amor y es nuestro Creador. Por tanto, si Él ha hecho la sexualidad al servicio del amor, como nosotros creemos, dirigir en cualquier otro sentido la sexualidad es desviarse y, más a la corta que a la larga, terminamos estrellándonos, con las frecuentes consecuencias de la decepción, la confusión existencial e incluso desequilibrios y enfermedades psíquicas.

- ¿Es posible evitar que eso ocurra también en el matrimonio?
– El matrimonio cristiano es el que cree en los valores espirituales, religiosos y morales; y tiene presente a Dios en su relación mutua. Por otro lado, incluso desde un punto de vista meramente humano, a la larga no hay una sexualidad plena sin una entrega total, o sea, sin fidelidad.

Entrevista completa en Religión en Libertad

Marlene, escapada del infierno


Esta niña que veis en la foto se llama Marlene y tiene 14 años y medio. Vive en la diócesis de Bangassou, Centroáfrica, a donde acaba de volver, escapándose literalmente del infierno. Este infierno es la selva, en la que ha vivido desde que fue raptada de su hogar a los 13 años. Los luciferes de turno son soldados de una guerrilla que se hace llamar LRA. Cuando Joseph Kony fundó este grupo en el norte de Uganda hacia 1980, parecía un movimiento de liberación. Luego se convirtió en una auténtica pesadilla de crímenes, saqueos y violaciones en masa, raptando miles de niños y niñas, pisoteando los derechos fundamentales de civiles inocentes y matando también al último puñado de mártires de la familia comboniana, todos sacerdotes, entre los años 80 y 2000.

Entonces el ejército regular los expulsó hacia el sur del Sudán, donde tuvieron su santuario algunos años hasta que de allí los expulsaron hacia el parque nacional de Garamba, en el Congo, 12.000 km de sabana arboreada y selva tropical. Varios intentos por firmar la paz resultaron fallidos y Kony se ha vengado de los ataques del ejército ugandés y congolés masacrando civiles indefensos. Es una de las caras más asquerosas del continente africano.

En marzo de 2008, un centenar de soldados entraron en Obo al este de la República Centroafricana, la que fue mi primera misión por 7 años. Como ya he contado a menudo, aquella noche horrorosa saquearon cientos de graneros, violaron mujeres por turnos de tres o cuatro soldados, en sus propias camas, y sembraron la desesperación, dejando decenas de familias en llanto. Las huellas de las botas embarradas de aquellos brutos mancharon, no solo las sábanas de aquellas familias, sino que mancillaron el honor de toda la población.

Aquella noche se llevaron a Marlene. La ataron por la cintura a un rollo de cuerda junto con otros muchos jóvenes de Obo, le pusieron un saco con 25 kilos de mandioca en la cabeza y empezó su calvario con el LRA. En la foto, bajo los delicados moñiclis trenzados en su cabeza, dormirán pesadillas y violencias infames, golpes y agresiones que una niña con trece años no podría digerir. Se tragó 15 días de marcha y también la muerte de algunos secuestrados que no aguantaron el ritmo y los remataron a machetazos, al más puro estilo de “Hotel Ruanda”. Un año y medio de horror, 18 meses dando bandazos por la selva, soñando con la comida de su madre Jeannine, haciendo de muro humano cuando los helicópteros ugandeses lanzaban misiles contra el campamento de Kony sorteando los árboles de Garamba o yaciendo en el suelo atada a un árbol fingiendo dormir mientras alguien abusaba de otra muchacha atada a su mismo árbol.

Pero lavando la ropa de los soldados o cuidando de los niños del “boss” de alma metalizada, Marlene resistió, como dice la canción: “para seguir viviendo”. Sobrevivió a transfusiones de muerte viendo a sus compañeros de clase, secuestrados como ella, con una AK-47 en los brazos, entrenándose para la guerra.

Cuando le hice esta foto, le dije que sonriera. Hizo de tripas corazón y sus ojos brillaron. Pero en ellos, detrás de sus pupilas, se esconden 540 días de esclavitud, lejos de casa, noches huérfanas de malarias inclementes que la vaciaban de fuerza desangrando su resistencia. Allí en la selva, rodeada de fanáticos homicidas, empezaron a crecerle los senos, a la vista de todos, en público, pues en la RLA una esclava no podía tener intimidad. Empezó a ser mujer lejos de su madre y tal vez esto fue lo que le dio las luces para intentar la fuga por tercera vez.

Volvió a Obo en el mes de Julio pasado, después de caminar 10 días por la selva, llagados los pies pero viva, en estado de shock y desenraizada, con una yaga tropical abierta en el pómulo de su cara. Su madre se hizo en cuatro para alimentarla, para abrazarla por las noches cuando gritaba o para consolarla durante sus largos silencios.

El LRA llegó a Obo un mes después y empezaron desde cero la cuenta de saqueos, violencias, robos y brutalidades. Aún siguen allí. Hace unos días quemaron con gasolina un coche de una ONG italiana y mataron al chófer africano y a su ayudante. Así el nombre de Obo apareció en Internet, porque era algo relacionado con Italia. Pero Obo y sus alrededores viven así, 15.000 seres hambrientos y asustados, desde hace meses y los muertos son muchos más que los dos desafortunados de la ONG. Tuve que sacar a las monjas de aquel infierno pero los sacerdotes centroafricanos se quedaron para dar ánimo y fortaleza a la población, no huyeron en marzo del 2008 y siguen allí, como columnas de bronce, en octubre del 2009.

Al final Jeannine me escribió para que Marlene viniera a Bangassou, a un centro de chicas estudiantes cerca de la Catedral financiado por unos amigos de Antequera. Llegó de noche, mientras un nuevo grupo de oftalmólogos operaba la última operación de cataratas del día. Un mes después, con sus cabellos trenzados y el uniforme negro-amarillo de la escuela de la catedral, Marlene empieza a sonreír, a contar tímidamente sus desaventuras y a ser una persona como las demás.

Mons Juan José Aguirre, Obispo de Bangassou, 15 Octubre 2009

Fuente: Mundo Negro Digital

Un infierno “light”


Existen cristianos “light” que son partidarios de un infierno “light”: sin pena de daño, sin pena de sentido, sin eternidad y/o sin habitantes.


Así como hay cerveza sin alcohol, café sin cafeína, sal sin sodio, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, hombres sin sustancia y sin humanidad, o sea, “sin fundamento, sin misión, sin fin último” (1); y estos son todos productos “light”; así existen, también, cristianos “light” que son partidarios de un infierno “light”.

Nos podemos preguntar, ¿qué es un infierno “light”? Es un “infierno” carenciado. Es un infierno “liviano”: sin pena de daño, sin pena de sentido, sin eternidad y/o sin habitantes. Sobre la base de estas cuatro carencias las variantes son muchas y las hay para todos los gustos. Algunos son plenamente “light” y sostienen las cuatro negaciones, otros son más medidos y aceptan sólo algunas variantes “light” o les ponen atenuantes.

En muchos textos de la Sagrada Escritura se fundamentan las verdades reveladas acerca del infierno. Pero, para mi intento, son suficientes tan sólo dos mitades de dos versículos. Se enseña la pena de daño, o sea, la privación de la vista de Dios, en “Apartaos de mí, malditos,…” (Mt 25, 41); la pena de sentido, o sea, el sufrimiento que proviene de cosas sensibles, en “ …id al fuego…” (id); la eternidad de las penas, que no terminarán jamás, en “…eterno.” (id); y acerca de sus habitantes: “Éstos irán al castigo eterno…” (Mt 25, 46). Para los que tenemos el convencimiento de que la Biblia es Palabra de Dios, no son necesarios más textos.

Las cuatro negaciones acerca del infierno:

1. La privación de la vista de Dios o pena de daño

2. El castigo infligido a las creaturas o pena de sentido

3. La eternidad de las penas

4. El infierno “vacío”

En fin, no nos alcanzará la vida presente, ni aún la eternidad, para dar gracias a Jesucristo que “de Creador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados”108.

Nunca agradeceremos suficientemente la paciencia de Dios con nosotros que, por estar en vida, todavía tenemos la esperanza de conversión. Podríamos haber terminado nuestra existencia en esta tierra estando en pecado y Él no lo permitió.

Debemos seguir pidiendo, todos los días de nuestra vida, la gracia de las gracias, la gracia de la perseverancia final, como lo hacemos en cada Avemaría: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Y mucho más inteligente que proponer dudas acerca del infierno, las cuales por otra parte hace siglos que han sido resueltas por los Santos Padres y Doctores, vivamos de manera que no vayamos a ir a él. Que siempre será verdad, “Que al final de la jornada/ el que se salva sabe/ y el que no, no sabe nada”.

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  • Evangelio de hoy: El fin es esperanza

    Leyendo el Evangelio de este domingo, podría parecer que Jesús mismo adoptó alguna vez un estilo provocativo para suscitar en sus oyentes algo más que una atención pasiva y curiosa de sus palabras: ¿de qué os sirve que me escuchéis si luego no hay un cambio real en vuestras vidas?; ¿a qué vale que memoricéis mis hechos y mis dichos, si luego vuestra existencia de cada día es tan poco reflejo de lo que escucháis y contempláis? Y entonces parecería útil intentarlo por vía del susto tremendista o por el camino de la amenaza implacable. No obstante, nada de esto hay en las palabras del Señor, ni tampoco esto es lo que pretende la liturgia de este domingo. No es la amenaza, ni el miedo, ni el acorralamiento, lo que se puede leer en este Evangelio. ¿Qué es, pues?

    “En aquellos días… en aquel tiempo”. Así comienzan la primera y la tercera lectura de la Misa de este domingo, refiriéndose a algo que está por suceder. “Después de la gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán…”. Esta descripción apocalíptica del Evangelio de Marcos, tremenda en sí misma, sería más terrible aún si todo concluyese aquí. Entonces sí que podrían asustarnos y amedrentarnos los agoreros de calamidades. Pero la palabra última no la tiene el cataclismo, la barbarie, toda suerte (mala en este caso) de injusticias y desmanes que nos presenta la crónica diaria de cada tramo de la historia, porque después de que todo esto suceda todavía quedará una palabra que escuchar.

    El Evangelio de este domingo es un mensaje de esperanza, de invitación a preparar ya ese final esperanzado. Porque tras todas las tinieblas y tribulaciones, después de todos los horrores y los errores de nuestra andadura humana, vendrá el Hijo del hombre para decirnos su palabra eterna, la que hizo todo y la única que no pasará, para devolvernos con fuerza y con ternura la verdad de nuestra vida. No se trata de temer ese día último como quien teme un final sin piedad, sino de vivir ese final atreviéndonos a ir escuchando ya cada día esa palabra postrera que escucharemos de los labios de Jesucristo. ¿No tiene nuestro mundo necesidad de testigos que escuchen esa palabra, que la testimonien en cada situación y circunstancia? Somos llamados los cristianos a anticipar esa hora última, cuando en nosotros se puede escuchar otra palabra capaz de recrear todas las cosas, de hacerlas nuevas otra vez, y no fugazmente sino para siempre ya, cada día. Este es el tiempo cristiano, es el tiempo de Dios.

    Autor: monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca

    Fuente: Zenit

    Sabemos que vamos a morir…


    Maravilloso don el de la Fe, por él creemos en la vida eterna y en la resurrección de los muertos.

    No se que tiene este mes de noviembre que con su llegada nos envuelve en una especie de nostalgia, de recuerdos, de cosas y de seres que ya se fueron, que ya no están.

    Cuando pase noviembre, en diciembre, será distinto. Diciembre es un mes con alegría de fiestas, de música navideña, de cascabeles, regalos y vacaciones, pero…noviembre siempre tuvo un aire solemne, un tinte gris, quizá porque es el mes en que se recuerda más profundamente a los que nos dejaron y se habla en voz baja de la muerte.

    Sabemos que vamos a morir pero no queremos detenernos a pensar en ello. Es una idea latente en nuestro interior pero vivimos como si ese momento nunca nos fuera a alcanzar.

    “Después de que se ha hecho lo posible para sostener en lo alto al antorcha de la vida, llegada la hora y cuando “ella” está ya a la puerta, es una locura oponerse al desenlace inevitable. En ese trance, la sabiduría aconseja colgar la espada, soltar los remos, dejarse llevar”, esto nos lo dice el P Ignacio Larrañaga y añade:-” El hombre ha de hacerse amigo de la idea de tener que acabar. Serenamente, sabiamente, humildemente debe aceptar acabarse: soltar las adherencias, que como gruesas maromas lo amarraban a la orilla y… dejarse llevar mar adentro”.

    El pensamiento que después de que yo acabe otros comenzarán, así como muchos tuvieron que irse para que yo comenzara, nos va llenando el espíritu de una sublime paz con la certeza de que todo está bien.

    Esta forma de ver las cosas nos ayuda para esforzarnos a vivir de tal manera que cuando nos llegue “la hora” podamos decir:”deber cumplido”. Deber cumplido no quiere decir: todo lo hice bien, en todo sobresalí, en todo fui el primero…etcétera, etcétera. El deber cumplido es haber puesto todas las ganas en hacer lo que se nos pedía que hiciésemos según nuestro estado y forma de vida, el haber cumplido, jornada tras jornada, en la cadena de nuestros días con honestidad, con rectitud, con nobleza de corazón.

    Morir dignamente, dejar este mundo serenamente, sin rebelión, aceptando. Esto en cuanto a la muerte física se refiere, porque si hay Fe, sabemos que morir es como un desdoblamiento de nuestro verdadero yo, como un renacer de nuevo, dejando nuestra envoltura corporal para que ya libre de ella, nuestro espíritu regrese a la vida eterna, al regazo del Padre sin perder su propia identidad.

    Maravilloso DON el de la Fe, por él creemos en la vida eterna y en la resurrección de los muertos, porque Cristo nos dio las primicias con su propia Resurrección y nos espera en el Cielo.

    Fue el mes de noviembre el que nos hizo tener esta pequeña reflexión sobre la muerte y al tenerla nos consuela el pensamiento de jamás dejaremos de existir , pues Dios nos otorgó el DON de un alma inmortal y esta es la victoria del hombre sobre la muerte.

    Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

    Ensayo sobre la muerte


    «El Estado asume su decadencia al abdicar de su misión de proteger la vida»

    Roberto Esteban Duque es sacerdote y doctor en Teología Moral por la Facultad de San Dámaso. El pasado lunes, día 26 de octubre, la Editorial Encuentro publicó su tercer libro, `Ensayo sobre la muerte´, prologado por el obispo Yanguas Sanz. Con anterioridad, escribió La concupiscencia en el magisterio de Juan Pablo II y A la búsqueda de la felicidad, un estudio sobre el tema de la felicidad en los manuales de Teología Moral en España entre los años 1970-1993. Realizamos con la presente entrevista una somera aproximación hacia el contenido de su ensayo. Esteban Duque acusa al estado español de asumir su decadencia y de corromperse al abdicar de su deber de proteger la vida humana.

    (InfoCatólica) – La primera pregunta parece obligada: ¿cómo surge la idea de escribir sobre la muerte?
    Bueno, primero surge la idea de escribir un libro, insinuada por un feligrés y amigo. Después, asumida esa idea, se va gestando en tu corazón aquello que necesitas comunicar, lo que de verdad importa en tu vida. Una de esas cosas que me interesa es la muerte, un tema “profundamente humano y eterno”, como dirá Yanguas Sanz en el prólogo. El libro no propone sólo un pensar la muerte, propio de los filósofos, sino un saber sobre la muerte, un conocimiento que proporciona la fe y el amor.

    El ensayo brota de una necesidad personal: dar respuesta al rostro de hemiplejía moral que asume la primera década del siglo XXI, donde la invocación obstinada de derechos y libertades, la promulgación indiscriminada de leyes cada vez más tupidas, será sólo el resultado de una más honda y decisiva crisis antropológica en la que ya no se delibera sobre lo bueno y el hombre aspira, irreverente, a vivir en la más pura disponibilidad, sin mandamientos que le obliguen a vivir de un cierto modo.

    -¿Y qué tiene que ver todo ese entramado legislativo y antropológico con la muerte?

    Cualquier tema tiene mucho que ver con la concepción de hombre que una sociedad posea. La cultura progresista dominante se empeña en alcanzar, con infausta dedicación, la cima de la probidad implantando por ley la sórdida práctica eutanásica y el aborto libre. El mismo Estado asume su decadencia y se corrompe al abdicar de su misión de proteger la vida. Asimismo, la pretensión de eliminar cualquier exigencia de absoluto en la vida del hombre sólo puede llevar a la destrucción de las formas de vida tradicionales: la autoridad, la excelencia, el culto, la religión, la moral, el amor. Ese entramado, del que usted me habla, patentiza un hombre poco humilde, una especie de positivista que da culto a la humanidad, un idólatra engreído de sí mismo, un pedante irreverente, un hombre entregado al carpe diem, sin más esperanza que la hora presente, un hombre que se envanece de la asunción autónoma y digna sobre su vida y su propia muerte.

    -¿Cuál es, entonces, su propuesta?

    El Evangelio. Frente al paroxismo de la banalidad y la pertinaz cultura de la muerte, se alza la consigna cristiana del don y la gratuidad, el Evangelio donde la única gloria está en las flaquezas y donde se proclama la generosidad de un amor gratuito, incondicionado, vinculante, del que “ni la muerte ni la vida… ni criatura alguna podrá separarnos”. En ese amor, que es un amor crucificado, está la vida, la muerte de la muerte.

    -Es evidente que nadie puede decir de un modo fundado que la muerte es el final. ¿Qué horizonte postula la certeza de la muerte?

    Este breve ensayo sobre el morir y la muerte, sobre la cultura que conmina la vida y la necesidad de una certeza que redima al hombre, está realizado desde una visión de fe. La única forma de vivir hacia el futuro es la esperanza que sobrepasa la angustia de la muerte y sostiene la vida en la hora presente. La vida es comunión con Dios; la muerte, excomunión y exilio, ruptura del diálogo y de la amistad con Dios. Si la muerte es vivida como entrega obediente y amorosa a Dios, tal y como sucedió en Cristo, “como la hora del amor más grande”, entonces es origen y garantía de vida.

    -Aprender a vivir y aprender a morir. ¿Cuál es, en fin, el aprendizaje concreto de la muerte?

    La muerte nos enseña a descubrir lo esencial de la vida, nos muestra aquello que no puede perecer, el amor como verdadero sentido, capaz de destruir la misma muerte. La excelencia mayor del hombre será acoger el don del amor infinito de Dios que se nos da en Jesús y responder a ese amor con una vida de entrega generosa, haciendo de la donación la tarea más apremiante. Es aquello de decía san Pablo: nos apremia el amor de Cristo.

    -El destino del hombre nos habla, según su ensayo, de vida más allá de la muerte. Pero ¿qué tipo de vida?

    La muerte ya ha sido vencida. El cristiano cree en lo imposible porque en Cristo se ha producido ya lo imposible. Cualquier propuesta que no sea la de un amor crucificado donde está la vida, “la muerte de la muerte”, en expresión de Benedicto XVI, dejará al hombre insatisfecho. El destino o el fin del hombre es vivir en Cristo. La Iglesia realiza, en este sentido, un magnífico servicio cultural exponiendo la presencia de lo divino, ofreciendo a Jesucristo. Y dándonos a Jesucristo, la Iglesia ofrece a la humanidad el sentido de la vida y de la muerte.

    -Usted es sacerdote. Supongo que estamos ante un libro religioso…

    Estamos ante un libro que dialoga con los grandes pensadores y literatos sobre la búsqueda de respuesta a una pregunta: ¿es la muerte la auténtica limitación de toda aspiración humana a la felicidad o, por el contrario, revelándonos lo sustantivo de la vida nos muestra (como antes dije) aquello que no puede perecer, el amor como verdadero sentido, capaz de destruir la misma muerte? Estamos ante un libro que se enfrenta a la muerte del ser humano desde el atrevimiento de amar, de abandonarse a sí mismo en los demás, con el fin de convertir la muerte, como proponía Rilke, en una invocación dirigida a Alguien para que mi muerte sea mi cumplimiento, la coronación inexorable y gratuita de mi propia libertad.

    Fuente: InfoCatólica

    La Historia de Tommy

    Hace unos días, viendo unos powert point en Mercabá, terminé en Tommy’s Window” (La ventana de Tommy), en la que venía una bonita historia que he considerado interesante publicarla. Espero que les guste.

    - Esta historia fue la que nos inspiró a empezar ‘Tommy’s Window‘ -

    ¡Tommy era un chiquillo inválido que vendía periódicos, cuyo cuerpo deforme y casi imposibilitado yacía lastimosamente en un camastro de una vieja casa de apartamentos que daba a una concurrida calle de una gran ciudad del este de los EE.UU.! ¡Le había pedido a otro chiquillo repartidor de periódicos amigo suyo que le llevara el libro que hablaba del Hombre que fue por todas partes haciendo el bien! El chiquillo buscó y rebuscó ese libro sin nombre para su amigo inválido, ¡hasta que por fin un librero se dio cuenta de que debía de referirse a la Biblia y a la historia de Jesús! ¡El chiquillo reunió los pocos centavos que tenía y el amable librero le dio un ejemplar del Nuevo Testamento, que él se apresuró a llevar a Tom a su camastro del tercer piso!

    Comenzaron a leerlo juntos, HASTA QUE TOMMY SE SALVO GRACIAS A LAS PALABRAS QUE LEYÓ EN EL LIBRO y él también quiso hacer el bien como el Hombre del libro. ¡Pero estaba inválido y ni siquiera podía salir del apartamento de una sola habitación en el que vivía con su anciana tía!
    ! Pero oró pidiéndole a Dios que le ayudara, ¡y el Señor le mostró un plan! ¡se puso a garabatear penosamente versículos de la Biblia que podían ayudar a la gente en pedacitos de papel que luego tiraba desde su ventana del tercer piso y que revoloteaban hasta caer en la concurrida calle! Los transeúntes los veían caer y, movidos por la curiosidad, los recogían para ver qué decían. Así leían las Palabras del Hombre que fue por todas partes haciendo el bien: ¡Cristo Jesús! ¡Ese chiquillo ayudó, animó y consoló a muchas personas, que hasta llegaron a salvarse gracias a su sencillo ministerio de la Biblia desde su ventanita!

    Cierto día, un rico hombre de negocios tuvo una conversión maravillosa al leer uno de aquellos versiculitos. ¡Tras encontrar a Cristo, regresó al lugar donde había recogido el trocito de papel gracias al cual había conocido al Señor para tratar de averiguar cómo había llegado hasta allí! Y de pronto vio caer revoloteando en la acera otro papelito; y una pobre y cansada anciana se agachó trabajosamente a recogerlo. Observó que se le iluminaba el rostro al leerlo. ¡Y cuando reemprendió la marcha, parecía que caminara con nuevas fuerzas!
    El hombre se quedo clavado donde estaba, sin dejar de mirar hacia arriba, decidido a averiguar el origen de aquellos papelitos! ¡Tuvo que esperar mucho rato, porque el pobre Tommy, que estaba inválido, tardaba mucho en garabatear penosamente aunque sólo fuera un versículo en uno de aquellos papelitos! ¡De pronto, el hombre de negocios fijó la vista en una ventana de donde alguien extendía una manecita menuda y delgada para tirar un papelito que parecía igual a los que había visto antes, e igual al que le había proporcionado a él toda una nueva vida! ¡Se fijó bien donde estaba la ventana, subió corriendo las escaleras de la mugrosa casa, y por fin encontró el cuchitril de Tommy, el misionero de la acera!

    Esta historia es verídica, y ojalá me acordara de como se llamaba el hombre. El y Tom se hicieron enseguida muy amigos, y el le proporcionó a Tom toda la ayuda y cuidados médicos que pudo. ¡al final le invito a irse a vivir con el a una mansión suntuosa que tenia en una zona residencial! Pero con gran asombro suyo, Tom le respondió: «Tendré que consultarlo con mi amigo.» ¡Se refería a Jesús!

    ¡Al día siguiente, el hombre regresó, esperando ansiosamente la respuesta de Tommy! Curiosamente, Tom le hizo algunas preguntas extrañas: «¿Dónde dijo que estaba su casa?» «Está muy lejos, en el campo», dijo el hombre, «es una finca muy grande y muy her-
    mosa; tendrás una habitación muy bonita para ti, criados que te atenderán, comidas deliciosas, una buena cama, todas las comodidades y cuidados y todo lo que siempre has soñado. Mi mujer y yo te querremos mucho y te criaremos como a nuestro propio hijo.» Tom volvió a preguntar, con tono vacilante: «¿PASARA ALGUIEN POR DELANTE DE MI VENTANA?» Sorprendido y algo desconcertado, el hombre contestó: «Pues… ¡claro que no, sólo algún criado de vez en cuando, y quizás el jardinero! ¿Comprendes, Tom? ¡Es una finca preciosa, lejos de los ruidos, el ajetreo de la ciudad y del barullo de la gente! Tendrás tranquilidad y podrás descansar, leer y hacer todo lo que quieras, lejos de toda la suciedad, el humo, el ruido y la agitación de la gente.”

    Después de pasar un largo rato callado y pensativo, la cara de Tom se puso muy triste, pues no quería herir a su nuevo amigo. Pero por fin dijo con voz baja, pero firme, y con los ojos llenos de lágrimas: «Lo siento, pero comprenda usted que NO PODRÍA VIVIR DONDE NADIE PASARA POR DELANTE DE MI VENTANA.”

    Esta es la historia verídica de un chico que era sin educación y estaba tan desvalido y aislado que a nadie se le habría ocurrido que pudiera realizar un ministerio, y que aparentemente tenía todo tipo de excusas para no servir a los demás, dado que más bien necesitaba que le sirvieran a él. ¡PERO EL AMOR DIO CON LA SOLUCIÓN!

    ¡Ahora mismo, alguien está pasando por la ventana de vuestra vida! ¿Ha encontrado su amor una forma de ayudarle? ¿LES HA MOSTRADO EL AMOR DE DIOS COMO LE PUEDEN AYUDAR? SI LO DESEAN, EL LO HARA, SIN IMPORTAR LAS CIRCUNSTANCIAS NI VUESTRAS LIMITACIONES, porque Dios también tiene una ventana, y ha prometido que si le obedecemos y abrimos a los demás las ventanas de nuestra vida, El «abrirá las ventanas de los cielos y derramará bendición hasta que sobreabunde.» (Mal.3:10).”

    Fuente: tommyswindow

    El invierno de la fe


    Lidia Skalska nació en Ucrania, en la época del comunismo. Hoy dirige a un grupo de niños que cantan en el coro de la comunidad de ucranianos que acoge la parroquia del Buen Suceso, en Madrid. Desde la distancia y los años, recuerda los tiempos en los que vivir la fe no era tan fácil.

    Lidia creció en una familia ucraniana, en los años duros del comunismo. Cuando nació, no había tanta persecución a la Iglesia católica como en décadas anteriores, pero no se podía olvidar que el sistema comunista seguía fundado sobre el rechazo total de la religión. «Mi madre era profesora de Historia en un colegio -recuerda Lidia-, y mi padre trabajaba en una empresa de comercio. Mi padre era muy religioso, porque sus padres eran muy religiosos también. Y mi madre también lo era, pero tenía dificultades por su trabajo, porque era funcionaria del Estado y tenía prohibido totalmente tener nada que ver con Dios. A los profesores les decían: No podéis colgar iconos en la pared; ni habléis de Dios con los niños. Mi madre no podía ir a Misa, porque si iba eso tendría consecuencias en su trabajo. Mi padre rezaba todas las noches antes de irse a dormir; mi madre no lo hacía tan abierto, sino que lo hacía por dentro».
    Esta expresión, por dentro, aparece varias veces en la narración de Lidia, y resume cómo era la vivencia de la fe en la Unión Soviética, bajo el comunismo. Afirma: «Cada familia tenía algo escondido, por dentro. El sistema impedía hablar, pero recuerdo que, cuando era pequeña, mis padres se reunían en la cocina y hablaban de temas prohibidos, de política y de religión. Mi cuarto estaba muy cerca de la cocina, y podía escuchar todas esas cosas».
    Toda la educación religiosa en aquellos años la mantenían los abuelos, y tuvieron un papel muy importante en la transmisión de la fe a los hijos y a los nietos. «A mí me enseñó a rezar mi padre -cuenta Lidia-, y sobre todo, mis abuelos. Mis abuelos eran unas personas muy devotas. En Ucrania existe la tradición de tener iconos en las casas; nosotros los teníamos, pero solamente en una habitación, porque estaba prohibido, sobre todo para los funcionarios y los miembros del Partido. Mi abuelo iba a Misa todos los domingos; donde yo vivía había alguna iglesia abierta, que el Partido permitía porque a ellas iban sólo las personas mayores. Pensaban: ¿Qué puede hacer la gente mayor? Pero los jóvenes y niños no podían ir. Cuando se acercaban fiesta religiosas, como Pascua o Navidad, obligaban a los niños a ir por la noche a ver una película sobre la Revolución de Octubre, o sobre Lenin. A los niños nos bautizaban a escondidas; nadie lo sabía. El abuelo iba a hablar con el cura y éste iba a las casas a bautizar por la noche. Todo, con mucho secreto».

    Los últimos veinte años del comunismo en la URSS fueron más suaves, pero la época después de la guerra fue muy dura. Lidia cuenta que, en aquellos años, «a los sacerdotes se les obligó a pasarse a la Iglesia ortodoxa; si no lo hacían, eran asesinados sin ninguna justicia, o bien los enviaban a Siberia. En mi región mataron a casi todos los curas católicos. Muchas iglesias fueron cerradas, o bien las utilizaron para otros usos, como almacenes o polideportivos para hacer gimnasia. Los curas que quedaron celebraban la Eucaristía ocultamente en las casas. La gente desaparecía de sus casas por las noches. Uno se acostaba, y no sabía si iba a venir un coche de los servicios secretos y te hacían desaparecer. Mis abuelos solían decir: Vosotros no sabéis qué tiempos hemos vivido».
    Lidia tiene también palabras para alertar sobre una sociedad que vive al margen de Dios, y lo cuenta por propia experiencia: «Un sistema que no tiene a Dios, al final falla, porque la justicia, las leyes… no pueden resolver los problemas de violencia y de la maldad humana. El ser humano necesita tener temor de Dios, saber que existe una Fuerza que está por encima de ti. Yo creo que el mundo ahora se está equivocando. Dios existe, te quiere y te ayuda. No se puede educar a los niños diciendo que Dios no existe. El país que va por ese camino de educar a los niños sin Dios se está equivocando mucho».

    Autor: Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo | Fuente: Alfa & Omega

    Ánimo! ¡Levántate, continente africano!


    Este fue el llamamiento final del Papa en la homilía de clausura de la segunda Asamblea del Sínodo de los Obispos para África. Han sido tres intensas semanas, en las que la Iglesia ha hecho discernimiento sobre qué espera Dios de ella en este momento de su historia, lleno de luces y sombras, pero, sobre todo, de esperanza.

    El tema de este Sínodo «no era un reto fácil», confesaba el Papa poco después de clausurarlo, durante un almuerzo, con los obispos africanos. «Tenía dos peligros, diría yo. El tema Reconciliación, justicia y paz implica, ciertamente, una fuerte dimensión política, si bien es cierto que reconciliación, justicia y paz no son posibles sin una profunda purificación del corazón», que «debe surgir del encuentro con Dios… Pero la tentación podía ser de politizar el tema, de hablar menos como pastores y más como políticos». Por otra parte, existía el peligro de «retirarse a un mundo puramente espiritual, a un mundo abstracto y bonito, pero no real. El discurso de un pastor, en cambio, debe ser realista, tocar la realidad, pero en la perspectiva de Dios y de su Palabra».
    Durante el Sínodo, ha quedado reafirmada la centralidad del anuncio del Evangelio, sin que ello haya impedido descender a todo tipo de debates, a veces muy concretos, en ámbitos como la agricultura, las instituciones financieras o el papel no siempre beneficioso de las ONG y de las organizaciones internacionales. De igual forma, en su día a día, la Iglesia transmite el mensaje de salvación del que es portadora, «conjugando siempre la evangelización y la promoción humana», como dijo Benedicto XVI en la homilía de la misa de clausura. El Evangelio se traduce «en proyectos y realizaciones coherentes con el principio dinámico fundamental, que es el amor», explicó. Por eso, «mientras ofrece el pan de la Palabra y de la Eucaristía, la Iglesia se empeña en obrar, con todo medio disponible, para que a ningún africano le falte el pan cotidiano».
    Pero, para que la Iglesia pueda transmitir ese mensaje de esperanza y reconciliación, debe cultivar la comunión. «El Sínodo ha reafirmado con fuerza -dijo el Papa- que la Iglesia es familia de Dios, en la que no pueden subsistir divisiones de tipo étnico, lingüístico o cultural. Testimonios conmovedores nos han mostrado que, incluso en los momentos más oscuros de la historia humana, el Espíritu Santo opera y transforma los corazones de las víctimas y de los perseguidores para que se reconozcan hermanos. La Iglesia reconciliada es una potente levadura de reconciliación en cada país y en todo el continente africano».
    El Sínodo ha aprobado 57 propuestas finales, entregadas al Santo Padre para la redacción de su Exhortación postsinodal. Estas propuestas, como norma general, no son públicas, aunque, en esta ocasión, el Papa ha autorizado su difusión. Además, los participantes han aprobado, por unanimidad, un Mensaje Final al pueblo de Dios, un documento muy completo en el que se recogen las principales conclusiones de estas tres semanas.
    África no debe desesperarse
    En una primera parte, se reconoce esta dramática realidad: «África es rica en recursos humanos y naturales, pero muchos en nuestro pueblo se debaten en medio de la pobreza y la miseria, de guerras y conflictos, entre crisis y caos. Muy raramente todo esto es causado por desastres naturales. Se debe, más bien y en gran medida, a decisiones y acciones humanas de personas que no tienen ninguna consideración por el bien común, y esto, con frecuencia, debido a la trágica complicidad y conspiración criminal entre responsables locales e intereses extranjeros». En otro punto, se menciona «la deuda que pesa sobre los países pobres, que está matando literalmente a los niños». Y se añade: «Las compañías multinacionales tienen que detener la devastación criminal del ambiente para su codiciosa explotación de los recursos naturales. Es una política miope la de fomentar guerras para obtener unos beneficios rápidos del caos, a costa de vidas humanas y de sangre».
    Así y todo, «África no debe desesperarse». Se producen «muchas noticias positivas» en el continente, aunque los medios de comunicación «prefieren, con frecuencia, las malas noticias».
    Sobre la aportación de la Iglesia, que «tiene el deber de ser instrumento de paz y reconciliación», los padres sinodales subrayan que «será capaz de realizar esto en la medida en que ella misma esté reconciliada con Dios. Hay que trabajar juntos en la unidad que hace la fuerza. Nos provoca y nos anima el proverbio africano que dice que un ejército de hormigas bien organizadas puede abatir a un elefante. No debemos tener miedo y menos aún dejarnos desanimar por la enormidad de los problemas de nuestro continente».
    Al sacerdote, por su buena formación, suelen mirarle las comunidades como líder en diversos asuntos, y se le exhorta a discernir sobre «cuál es la mejor manera de ofrecer» su «servicio pastoral y evangélico, sin partidismos». Y a los fieles laicos, se les anima a dejar que la fe «impregne cada aspecto y rincón de su vida», bien formados en la fe. «África necesita santos en puestos políticos relevantes: políticos santos que limpien de la corrupción el continente, que trabajen por el bien de la gente y que sepan cómo animar a otros hombres y mujeres de buena voluntad fuera de la Iglesia para que se unan contra los males comunes que asolan nuestras naciones… Por desgracia, muchos católicos en puestos de prestigio no han respondido adecuadamente al ejercicio de sus cargos. El Sínodo invita a estas personas a que se arrepientan, o a que dejen el escenario público y que así dejen de perjudicar al pueblo y de crearle mala fama a la Iglesia católica».
    Esta presencia de católicos es hoy especialmente necesaria, «ante los ataques de algunas venenosas ideologías procedentes del extranjero, que pretender ser cultura moderna. Seguid acogiendo a los niños como don de Dios», dice el Mensaje al conjunto de los africanos. Y a las mujeres católicas africanas, que son «con frecuencia la espina dorsal de nuestra Iglesia local», tras denunciar las dificultades que les impiden trabajar en la esfera social, se les pide que esas «buenas ideas no sean distorsionadas por los traficantes de ideologías extranjeras y moralmente venenosas que afectan al género y a la sexualidad del hombre».

    Fuente: Alfa & Omega

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