Manifiesto contra el Aborto

Manifiesto

El aborto conlleva siempre la muerte violenta de un ser humano y supone un terrible drama para la mujer que lo sufre, forzada por las circunstancias.

La ley española abandona a la mujer ante sus problemas y la empuja insolidariamente al aborto. Toda “ley del aborto” es una terrible hipocresía contra las mujeres, además de una atroz injusticia para con los niños a los que desprotege.

En España no se ofrece información ni ayudas sociales a las mujeres embarazadas en situaciones difíciles, y sin embargo sí existe financiación para que vayan a abortar.

Ahora el Gobierno quiere poner los medios legales para que se cometan más abortos, dejando aún más sola a la mujer, a pesar del daño físico y psicológico que supone para ella. Más aborto significa menos protección a la vida y más inseguridad para la mujer.

Por ello, exigimos que nuestras leyes protejan el derecho a vivir y a ser madre, amparando la vida en todo momento y circunstancia y ayudando a las mujeres embarazadas a superar cualquier problema que un embarazo imprevisto pueda generarles.

Al mismo tiempo, nos oponemos a una nueva ley del aborto que sólo traerá más muertes y más sufrimiento para miles de mujeres.

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¡Viva la Vida! | Derechoavivir.org

Eduardo Verastegui explica y muestra la dura realidad del aborto

Saber decir … ¡adiós!

Renunciación, olvido de uno mismo y oración por el que se va. Un abrazo y si se puede… una sonrisa.

Cuando hay un dolor profundo, el corazón pesa. Se siente su abatimiento y es como si una enorme losa nos aplastara el pecho. Con esa sensación mortificante y amarga el dolor sube hasta nuestros labios y se convierte en oración:

“Tú lo sabes Señor, lo sabes mejor que nosotros porque Tú conoces a la perfección el corazón de los hombres. Y Tú sabes lo adolorido que está este pobre corazón porque tiene que decir adiós”.

Decir adiós es una cosa y saber decir adiós es otra. Decir adiós es abandonarse a ese dolor que tiene sabor a muerte.

Decir adiós es sumergirse en esa profunda pena que nos brota del corazón y se asoma a nuestros ojos convertida en lágrimas.

Decir adiós es quedarse con un hueco en el pecho… es levantar la mano en señal de despedida y darnos cuenta que es el aire, lo único que acarició nuestra piel.

Es volver a casa y ver tantas y tantas cosas del ser amado y junto a esas cosas, un sitio vacío. Es llorar, desesperarse, vivir en la tristeza de un recuerdo.

¡Decir adiós es tan triste y hay muchos adioses en nuestras vidas! El adiós al ser querido que se nos adelantó, el adiós de las madres a sus hijos en países en guerra, el adiós a quién amamos y se aleja del hogar… el adiós que se le da a la tierra que nos vio nacer…

¿Cómo lograremos saber decir adiós, dónde encontraremos una forma diferente para que este adiós nos sea más soportable?

Para saber decir adiós nos ayudaremos con el recuerdo o más bien con la meditación de cómo debió de ser el adiós entre María y su hijo Jesús. A mí en lo personal me gusta pensar que fue después de una comida. Nada nos dicen los Evangelio de estas escenas, ya que fueron escritos después, bastante tiempo después. Jesús vivió tres años fuera de su hogar dedicado a su misión de predicar.

Solos estaban ya la Madre y el Hijo puesto que ya habían dado el adiós a José tiempo atrás. Comida de despedida, de miradas llenas de ternura, de silencios cargados de amor más que de frases. La madre solícita y tierna y al mismo tiempo firme y serena. El Hijo empezando a sentir el primer dolor con un adiós para ir al encuentro de la Redención de la Humanidad.

La tarde es calurosa y el camino polvoriento. Por él van un hombre y una mujer. Una madre y un hijo que se despiden, que tienen que decirse adiós…

Y yo creo que María acompañó a Jesús hasta el final del sendero donde el hijo tomaría el camino definitivo. Nada sabemos de lo que hablaron, nada sabemos de lo que se dijeron… pero tuvo que ser un adiós de inconmensurable grandeza y amor. También de dolor. Dolor que se hace incienso y sube hasta el Padre Eterno.

Otra vez en los labios de María el SÍ y en los de Jesús el primer sorbo del amargo cáliz que beberá hasta la última gota. Pero serenos y firmes, llenos de amor el uno por el otro, cumpliendo, aceptando en sus corazones la Voluntad del Altísimo: Saben como hay que decir adiós.

Así nosotros, con este ejemplo de despedida hemos de saber decir adiós. Renunciación, olvido de uno mismo y oración por el que se va. Un abrazo, corazón con corazón y si se puede… una sonrisa.

Y nuestra oración termina así:

“Señor, sabes que me duele el corazón pero Tú me vas a enseñar a “saber decir adiós”.


  • Preguntas o comentarios al autor Ma. Esther de Ariño
  • Autor: María Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net

    25. Éfeso. Un centro misionero sin igual‏

    Eran muchos los que en Éfeso practicaban la magia, actuaban exorcistas que expulsaban demonios en el nombre de Dios.

    Dos años largos nos esperan con Pablo en Éfeso. Interesantes a más no poder.
    Camino de Jerusalén, se había detenido aquí, y les prometió:

    - Me voy, pero estén seguros de que vuelvo…

    Y sí, volvió. Vino el encuentro con aquel grupo de doce sobre los que bajó tan sonoramente el Espíritu Santo, y todo hacía prever unos comienzos felices (Hch 19,8-20)

    Pero pronto asomó en el horizonte la tempestad. Tres meses predicando cada sábado en la sinagoga, y los judíos, tan aquiescentes y obsequiosos la primera vez, ahora se volvieron las fieras que cabía esperar:

    ¡No! Ese Cristo no nos interesa. Ese “camino” tan torcido enseñas tú a los paganos que buscan a nuestro Dios Yahvé? ¡Deja en paz con nosotros a los prosélitos y temerosos de Dios, y lárgate de aquí!…
    Pablo entonces, con tanto dolor como energía, les desafió:

    - ¿Así lo quieren y así me lo piden? Pues, rompo con ustedes. En la sinagoga se queden, que yo me voy a los gentiles. Ellos aceptarán la salvación que ustedes rechazan.

    Y Pablo se fue. Pero un tal Tirano, que bien podía ser un simpatizante, le alquiló el local de su escuela. Tirano, retórico griego o maestro dedicado a la enseñanza, ejercía el magisterio desde el amanecer hasta el medio día, y dejaba libre por la tarde el local.

    Para Pablo, esto resultaba magnífico. Con lo madrugadores que eran los griegos y romanos, trabajaban desde muy de mañana, y la tarde la dedicaban al ocio, a la diversión, a la vida social. Los judíos se dedicaban a sus labores todo el día, y Pablo en Éfeso supo combinar muy bien sus dos trabajos.

    Muy de mañanita, se ponía a trabajar duro en el taller de Áquila y Priscila, confeccionando lonas para ganarse el sustento de cada día. Y la tarde entera, desde el mediodía, la consagró a evangelizar a cuantos quisieran escucharle en el aula espaciosa de aquella escuela que le resultó providencial.

    A Pablo se le empezó a complicar algo la vida por lo que menos podía esperarse, como dicen los Hechos:

    “Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado, y se alejaban de los pacientes las enfermedades y espíritus malos”.

    Por lo que indica esta observación de Los Hechos, nos podemos figurar muchas escenas.
    Si estaba Pablo en el taller, venía la gente a buscar retazos de lo que Pablo había tejido. En la escuela, acudían a interrumpir las clases implorando clemencia para los enfermos. Iba Pablo por la calle, y se le echaban muchos encima, suplicando: – ¡Cúrame!… Todo igual que lo de Jesús en Galilea. Hasta que vino el hecho tan grave como cómico.

    Los magos y los brujos, malos todos ellos, merodeaban por Éfeso y sus contornos.
    Y entre los judíos, en Éfeso -igual que en Palestina, como sabemos por los evangelios─, actuaban exorcistas que expulsaban demonios en el nombre de Dios. Muy bien esto.

    Pero vino lo inesperado con unos exorcistas ambulantes judíos, que debían obrar por intereses bastardos, y adivinaron el negocio:

    - Si Pablo expulsa los demonios en nombre de Jesús, ¿por qué no hacemos nosotros lo mismo? ¡Usemos ese nombre, que por lo visto le da miedo al demonio!…

    Y sí, lo hicieron. Eran nada menos que siete hermanos los que ejercían este oficio de exorcistas, hijos de un tal Esceva, importante sacerdote judío, y lo hacían en grupo con toda solemnidad. Uno de ellos se planta frente al pobre endemoniado, y conmina al espíritu:

    - Te conjuro por Jesús, a quien predica Pablo, que salgas de aquí.

    Sólo que el demonio respondió como si tal:

    - Conozco a ese Jesús y sé quién es Pablo. Pero ustedes, ¿quiénes son?

    Y arrojándose el endemoniado contra todos ellos, pudo más que los siete juntos, les quitó los vestidos descaradamente, y de forma tan poco elegante tuvieron que escaparse a su casa, desnudos y cubiertos de heridas. El hecho corrió por toda la ciudad y sus contornos, se apoderó de la gente un gran temor, y el nombre de Jesús corrió veloz de boca en boca.

    Vino entonces algo más serio. Eran muchos los que en Éfeso practicaban la magia, y ahora, prevenidos y avisados por semejante suceso, se acercaban temblorosos a confesar sus malas artes:

    - ¿Qué tenemos que hacer, Pablo?…

    No lo decían por comedia, pues venían con puñados de libros que arrojaban a las llamas delante de todos. Fueron tantos los libros que acabaron en la hoguera, que, según los Hechos, “calcularon el precio y hallaron que subía a cincuenta mil monedas de plata”.

    ¡Ya paró bien la broma del demonio con los pobres exorcistas!…

    Durante los tres años de Éfeso, Pablo ha escrito varias de las cartas que hoy poseemos, y en las cuales encontramos expresiones conmovedoras:

    “Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser como la basura del mundo y el deshecho de todos” (1Co 4,12-13)

    Esto lo escribía Pablo desde Éfeso. Y añadirá algo después:

    “No quiero que lo ignoren, hermanos. La tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo, muy por encima de nuestras fuerzas, tanto que perdí toda esperanza de salir con vida, como si tuviera encima la sentencia capital” (2Co 1,8-9)

    Pero Dios, rico en bondad, en medio de las tribulaciones que Pablo nos narraba, escritas desde Éfeso en estos tres años de apostolado asombroso, le colma de consuelos inefables, pues escribe también al lado mismo de aquellos párrafos estremecedores:

    “Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando me siento débil, entonces soy más fuerte que nunca” (2Co 12,9-10)

    Esas tribulaciones eran la paga de su apostolado en medio de triunfos resonantes, ya que, como dicen los Hechos, “la palabra del Señor crecía y se difundía poderosamente”.

    No han acabado las proezas de Pablo en Éfeso, pues aún hemos de presenciar algunas aventuras más de este héroe legendario, que todavía nos sigue repitiendo después de dos mil años:

    - ¿Quieren jugarse por alguien la vida?

    ¡Juéguensela por Jesucristo!…

    Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

    Orar por la vida

    He recibido este mensaje de nuestra hermana en la fe “Nubia“, y he creído que debía de publicarlo:

    Hermanos les comparto este link tiene imágenes impactantes y un mensaje directo y claro de Eduardo Verastegui quien explica la realidad de Obama en estas elecciones presidenciales de USA

    Unámonos en la defensa de la vida , desde ayer empezamos en la campaña de ayuno y oración, son 40 días proclamando el evangelio de la vida y haciendo la guerra a la cultura de la muerte, mas de 173 Ciudades de Estados Unidos y todo el mundo se ha unido para suplicar al Padre Celestial que se ponga fin a este asesinato socializado del Aborto , donde nos olvidamos de defender a los que no tienen voz,

    Use precaución al ver el vídeo contiene imágenes de aborto ( Solo mayores de edad)

    NUESTRO MINUTO DE SABIDURIA – XXIII


    Cuando ofrezcas un ayuda hazlo con descrección.
    “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.”
    Ayuda sin ostentaciones, para no humillar al que recibió la ayuda de tu generosidad.
    Respeta a los demas y ayuda siempre, en silencio, porque el Padre que vé las intenciones del corazón, te pagará con creces, más de lo que pueden agradecerte los hombres.

    Fuente:Minuto de Sabiduría de C. Torres Pastorino (150)

    El Pescador de hombres‏


    Jesús sabía muy bien lo que Su presa necesitaba, la había observado durante demasiados años nadar lejos de El

    El hombre se despertó de madrugada en esa ciudad que no era la suya, a la que había ido tantas veces. No podía dormir. Pensó, ¿dónde estoy? con esa extraña sensación del que viaja demasiado y termina perdiendo sentido de tiempo y lugar. Ah, se dijo a si mismo algo confundido, aquí estoy, en esta ciudad tan bendecida por la Mano de Dios. Pero no puedo dormir.

    El Rosario sobre la mesita de luz del hotel llamó su atención. Es bueno rezar a estas horas, el Señor siempre lo necesita porque es el horario en que más cosas feas pasan y los buenos están durmiendo, así que es importarte llenar este espacio oscuro con oraciones ofrecidas simplemente por las intenciones del Señor, que El las use a Su mejor conveniencia.

    El pensamiento atravesó su mente, “de paso ayudo a bendecir un poco esta ciudad”. El rechazo a la idea fue inmediato, ¿qué clase de bendiciones puedo pedir yo al Señor, si es que soy literalmente “un pecado” que camina? El Señor le respondió, muy breve y conciso: “eres un pescado”. Nuestro amigo se quedó sorprendido, estupefacto. Pero Señor, yo dije que soy un “pecado que camina”, ¿y cómo es que Tú me dices que soy un pescado? El Señor le volvió a responder, tan breve y con el mismo tono de la vez anterior: “yo te pesqué”.

    El señor de nuestra historia rió, y el Señor de la Historia rió también. Rieron juntos. Si, soy tu pescado, le dijo, y Tú, nadie menos que Tú, eres mi Pescador. Nuestro amigo se quedó absorto en sus pensamientos, alegre de saber que él mismo era la presa de Jesús. Y entonces recordó el signo, aquel signo que precedió a la Cruz, y que fue la forma en que se reconoció al pueblo cristiano y a Cristo mismo durante los primeros siglos de la Iglesia: el Pez. Aquel signo representaba lo que él era, no un pez, sino un pescado. Y se sintió parte de esa Iglesia primitiva, se sintió en una catacumba viendo ese signo pintado una y otra vez en las paredes alumbradas por la tenue luz de las lámparas de aceite.

    Y luego recordó cómo había sido pescado por Jesús. Se imaginó al Señor pensando cual era la mejor estrategia para atrapar a Su presa, para que ese pez que andaba suelto por las peligrosas aguas del mar del mundo, mordiera su anzuelo y fuera recogido a su barca, la misma barca que San Juan Bosco viera en sus sueños, la gran Barca de la Iglesia. Jesús pensó: tengo que usar el mejor señuelo, el que tenga el color y el sabor adecuados, el que mejor llame la atención de Mi presa. El estudió al hombre, miró sus costumbres, sus gustos, sus hábitos, y trazó Su plan.

    El buen pescador sabe muy bien que debe tener absolutamente todo en cuenta antes de abordar su desafío: el horario del día, la transparencia y temperatura del agua, la profundidad a la que hay que buscar a la presa, y en función de ello elige su señuelo. Los que son realmente buenos pescadores diseñan y construyen ellos mismos sus señuelos, utilizando materiales que encuentran aquí y allá. Ellos miran y sopesan una y otra vez de qué modo serán capaces de atraer la atención del pez buscado, y luego se lanzan a su misión con perseverancia, hasta hacer morder el anzuelo a su presa. ¡Entonces la alegría vale doble!

    Jesús sabía muy bien lo que Su presa necesitaba, la había observado durante demasiados años nadar lejos de El. De tal modo que esta vez eligió utilizar el mejor señuelo del que disponía, uno literalmente irresistible. El lo llama de diversos modos, como Señuelo Santo, o Estrella de la Mañana, o también Rosa Mística, aunque lo más habitual es que lo llame simplemente Mamá. Con gran expectativa nuestro Pescador de hombres lanzó a las aguas del mundo a Su Gran Señuelo, y atrapó a Su presa esta vez. El pequeño hombre mordió el anzuelo con ganas, y aunque luego se resistió como todo buen pez que no quiere volverse pescado, no lo soltó nunca más.

    Y así fue como se transformó en un orgulloso pescado, presa del Pescador de hombres, atrapado por no poder resistir el llamado del Señuelo Santo, de la Madrecita del mismo Dios. Nuestro amigo vio todo esto con tanta claridad que no pudo más que sonreír, abrazarse a la Cruz del Rosario, y sentirse feliz de comprender la profundidad de aquel signo que nos representa, el Pez, Ictis, símbolo de Jesucristo, Pescador de hombres. Así lo conocieron, así se presentó al mundo El desde la barca de Pedro, la misma Barca que dos mil años después sigue transportándolo por los mares del mundo, mientras El sigue pescando a hombres y mujeres de buena voluntad.

    Preguntas o comentarios al autor

    Autor: Oscar Schmidt | Fuente: reinadelcielo.org

    Sí, la Eucaristía es prenda y fuente de esperanza.‏

    Mientras haya una Hostia que brille en la custodia, la esperanza sigue viva, todavía Dios mira a esta tierra

    Hoy se está perdiendo mucho la esperanza, esa virtud que nos da alegría, optimismo, ánimo, que nos hace tender la vista hacia el cielo, donde se realizarán todas las promesas. La esperanza es la virtud del caminante.

    ¡La esperanza!

    La esperanza causa en nosotros el deseo del cielo y de la posesión de Dios. Pero el deseo comunica al alma el ansia, el impulso, el ardor necesario para aspirar a ese bien deseado y sostiene las energías hasta que alcanzamos lo que deseamos.

    Además acrecienta nuestras fuerzas con la consideración del premio que excederá con mucho a nuestros trabajos. Si las gentes trabajan con tanto ardor para conseguir riquezas que mueren y perecen; si los atletas se obligan voluntariamente a practicar ejercicios tan trabajosos de entrenamiento, si hacen desesperados esfuerzos para alcanzar una medalla o corona corruptible, ¿cuánto más no deberíamos trabajar y sufrir nosotros por algo inmortal?

    La esperanza nos da el ánimo y la constancia que aseguran el triunfo. Así como no hay cosa que más desaliente que el luchar sin esperanza de conseguir la victoria, tampoco hay cosa que multiplique las fuerzas tanto como la seguridad del triunfo. Esta certeza nos da la esperanza.

    Esta esperanza es atacada por dos enemigos:

    # Presunción: consiste en esperar de Dios el cielo y todas las gracias necesarias para llegar a Él sin poner de nuestra parte los medios que nos ha mandado. Se dice “Dios es demasiado bueno para condenarme” y descuidamos el cumplimiento de los Mandamientos. Olvidamos que además de bueno, es serio, justo y santo. Presumimos también de nuestras propias fuerzas, por soberbia, y nos ponemos en medio de los peligros y ocasiones de pecado. Sí, el Señor nos promete la victoria, pero con la condición de que hemos de velar y orar y poner todos los medios de nuestra parte.

    # Desaliento y desesperación: Harto tentados y a veces vencidos en la lucha, o atormentados por los escrúpulos, algunos se desaniman, y piensan que jamás podrán enmendarse y comienzan a desesperar de su salvación. “Yo ya no puedo”.

    La esperanza es una de las características de la Iglesia, como pueblo de Dios que camina hacia la Jerusalén celestial. Todo el Antiguo Testamento está centrado en la espera del Mesías. Vivían en continua espera. ¡Cuántas frases podríamos entresacar de la Biblia! “Dichoso el que confía en el Señor, y cuya esperanza es el Señor…Dios mío confío en Ti…No dejes confundida mi esperanza…Tú eres mi esperanza, Tú eres mi refugio, en tu Palabra espero…No quedará frustrada la esperanza del necesitado…Mi alma espera en el Señor, como el centinela la aurora”.

    También el Nuevo Testamento es un mensaje de esperanza. Cristo mismo es nuestra esperanza. Él es la garantía plena para alcanzar los bienes prometidos. La promesa que Él nos hizo fue ésta “quien me coma vivirá para siempre, tendrá la Vida Eterna”.

    ¿Cómo unir esperanza y Eucaristía?

    La eucaristía es un adelanto de esos bienes del cielo, que poseeremos después de esta vida, pues la Eucaristía es el Pan bajado del cielo. No esperó a nuestra ansia, Él bajó. No esperó a nuestro deseo, Él bajó a satisfacerlo ya. Es verdad que en el cielo quedaremos saciados completamente.

    La Eucaristía se nos da para fortalecer nuestra esperanza, para despertar nuestro recuerdo, para acompañar nuestra soledad, para socorrer nuestras necesidades y como testimonio de nuestra salvación y de las promesas contenidas en el Nuevo Testamento.

    Mientras haya una Iglesia abierta con el Santísimo, hay ilusión, amistad. Mientras haya un sacerdote que celebre misa, la esperanza sigue viva. Mientras haya una Hostia que brille en la custodia, todavía Dios mira a esta tierra.

    Dijimos que los dos grandes errores contra la esperanza son la presunción y la desesperación. A estos dos errores responde también la eucaristía.

    ¿Qué tiene que decir la eucaristía a la presunción?

    “Sin mi pan, no podrás caminar, sin mi fuerza no podrás hacer el bien, sin mi sostén caerás en los lazos de engaños del enemigo. Tú decías que podías todo. ¿Seguro? ¿Cómo podrías hacer el bien sin Mí, que soy el Bien supremo? Y a Mí se me recibe en la eucaristía. ¿Cómo podrías adquirir las virtudes tú solo, sin Mí, que doy el empuje a la santidad? Quien come mi carne irá raudo y veloz por el camino de la santidad”.

    ¿Y qué tiene que decir la eucaristía a la desesperación?

    “¿Por qué desesperas, si estoy a tu lado como Amigo, Compañero? ¿Por qué desesperas si Yo estaré contigo hasta el fin de los tiempos? ¿Por qué desesperas a causa de tus males y desgracias, si yo te daré la fuerza?”.

    El cardenal Nguyen van Thuan, obispo que pasó trece años en las cárceles del Vietnam, nueve de ellos en régimen de aislamiento, nos cuenta su experiencia de la eucaristía en la cárcel. De ella sacaba la fuerza de su esperanza.

    Estas son sus palabras: “He pasado nueve años aislado. Durante ese tiempo celebro la misa todos los días hacia las tres de la tarde, la hora en que Jesús estaba agonizando en el cruz. Estoy solo, puedo cantar mi misa como quiera, en latín, francés, vietnamita…Llevo siempre conmigo la bolsita que contiene el Santísimo Sacramento: “Tú en mí, y yo en Ti”. Han sido las misas más bellas de mi vida. Por la noche, entre las nueve y las diez, realizo una hora de adoración…a pesar del ruido del altavoz que dura desde las cinco de la mañana hasta las once y media de la noche. Siento una singular paz de espíritu y de corazón, el gozo y la serenidad de la compañía de Jesús, de María y de José”.

    Y le eleva esta oración hermosa a Dios: “Amadísimo Jesús, esta noche, en el fondo de mi celda, sin luz, sin ventana, calentísima, pienso con intensa nostalgia en mi vida pastoral. Ocho años de obispo, en esa residencia a sólo dos kilómetros de mi celda de prisión, en la misma calle, en la misma playa…Oigo las olas del Pacífico, las campanas de la catedral. Antes celebraba con patena y cáliz dorados; ahora tu sangre está en la palma de mi mano. Antes recorría el mundo dando conferencias y reuniones; ahora estoy recluido en una celda estrecha, sin ventana. Antes iba a visitarte al Sagrario; ahora te llevo conmigo, día y noche, en mi bolsillo. Antes celebraba la misa ante miles de fieles; ahora, en la oscuridad de la noche, dando la comunión por debajo de los mosquiteros. Antes predicaba ejercicios espirituales a sacerdotes, a religiosos, a laicos…; ahora un sacerdote, también él prisionero, me predica los Ejercicios de san Ignacio a través de las grietas de la madera. Antes daba la bendición solemne con el Santísimo en la catedral; ahora hago la adoración eucarística cada noche a las nueve, en silencio, cantando en voz baja el Tantum Ergo, la Salve Regina, y concluyendo con esta breve oración: “Señor, ahora soy feliz de aceptar todo de tus manos: todas las tristezas, los sufrimientos, las angustias, hasta mi misma muerte. Amén” .

    Sí, la Eucaristía es prenda y fuente de esperanza.

    Preguntas o comentarios al autor

    P. Antonio Rivero LC. | Fuente: Catholic.net

    Año Paulino. Reflexiones 16 al 24

    16. Atenas. Frialdad e indiferencia‏


    ¡Buen viaje el que vamos a hacer hoy con Pablo! Nada menos que a la soñada Atenas, el emporio del saber, del arte, de la belleza, la cuna de la cultura occidental.

    Corre la primavera del año 51, y los de Berea no se atreven a dejar solo a Pablo -pues parece que está otra vez enfermo o no bien recuperado en su salud-, y lo llevan hasta Atenas. Allí, les dice Pablo agradecido:

    - ¡Gracias, queridos! ¡Qué buenos son! Marchen a Berea, pero encarguen a Silas y Timoteo que vengan lo antes posible a Atenas, pues aquí me encuentro muy solo. (Hch 17,15-34)

    Pablo se quedó en Atenas con el ánimo bajo los pies. Un judío como él no tenía para menos. ¡Cuántos ídolos! ¡Cuánta superstición! ¡Cuántos templos y altares a dioses falsos!

    Un conocido escritor romano que visitó Atenas en aquellos mismos días, escribía irónicamente: “Está todo esto tan lleno de dioses que resulta más fácil encontrar un dios que un hombre”.

    Mientras esperaba a Timoteo y Silas, nos dicen los Hechos, “Pablo estaba interiormente que explotaba, indignado al contemplar la ciudad tan llena de ídolos”.

    Como en todas partes, empieza por la sinagoga, pues se dice:

    - ¡Al menos aquí adorarán fervientemente a Dios!

    Pero Pablo se lleva también una desilusión con los judíos. Eran pocos en Atenas, y parece que se habían amoldado a la manera floja de vivir de los atenienses.

    Pablo no sería Pablo si se hubiera quedado quieto. Cada día iba al ágora, la plaza pública en que se mezclaban, de manera simpática y desesperante a la vez, toda clase de gentes.

    Abundaban en ella, sobre todo, los filósofos baratos y los oyentes ociosos, que se preguntaban cada día: – ¿Qué hay de nuevo hoy?…

    Los grandes sabios como Sócrates, Diógenes, Platón o Aristóteles, habían desaparecido hacía ya muchos años.

    Ahora, dicen los Hechos, merodeaban los estoicos y los epicúreos, que al oír a Pablo comentaban de manera divertida:

    -¿Qué dice ese charlatán, ese pajarraco que se come todos los granos esparcidos por el suelo?…

    Era esto lo que en Atenas decía la gente de los filósofos baratones que se presentaban cada día. Porque eran unos sabios muy pobres, que recogían cuatro sentencias que habían escuchado de otros, y las vendían como sabiduría propia.

    ¡Esto es ese predicador tan curioso que nos viene con nuevos dioses, ese Jesús y esa Resurrección!…

    Si no lo dijera así Lucas, que se luce en su narración, nosotros no tendríamos imaginación para inventarlo.

    Como todos los dioses del Olimpo griego eran casados o se unían para engendrar otros dioses, aquí viene este Pablo ahora a predicar un dios masculino, Jesús, y una compañera femenina, Resurrección. ¡No deja de ser curiosa esta pareja de dioses!…

    Así piensan los oyentes de Pablo, y para aclarar mejor las cosas, le proponen:

    - ¿No podríamos oírte de esto más detenidamente en el Areópago?

    La proposición era muy seria. El Areópago era el tribunal que examinaba la legitimidad de la religión y, si era preciso, juzgaba a los propagandistas de nuevos dioses. El Areópago había juzgado y condenado a muerte por impío nada menos que a Sócrates, el filósofo y el hombre más grande de Grecia.

    ¿Qué hará el Areópago ahora con Pablo, ese anunciador de nuevas divinidades?…

    No va a hacer nada, afortunadamente. Lo de hoy no va a ser un juicio, sino un escuchar al expositor de la nueva religión.

    Pablo está de pie ante sus oyentes, que le invitan:

    - ¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan.

    Todo es cortesía, todo es educación. Y Pablo, en su exposición, va a rayar a gran altura desde el primer momento, cuando comienza:

    - Atenienses, veo que ustedes son, bajo todos los aspectos, los más respetuosos de la divinidad.

    Con este comienzo, Pablo se demuestra un orador consumado, y Lucas un historiador excepcional al darnos un resumen de las mismas palabras de Pablo.

    Magnífico, bello y muy profundo todo, desde luego.

    El auditorio escucha con placer una filosofía semejante, y más cuando la ve confirmada por lo que dijeron algunos pensadores y poetas griegos, como lo reconoce Pablo:

    - Porque somos del linaje de Dios. Y si somos del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el genio de los hombres.

    Pablo está formidable. Pero viene lo malo, cuando anuncia:

    - Ese Dios creador, que ha tolerado hasta ahora la ignorancia, quiere que todos se conviertan, porque todos van a ser juzgados un día por un hombre determinado, a quien Dios ha garantizado resucitándolo de entre los muertos.

    Aquí se acabó el escuchar con agrado a este soñador.

    ¿La conversión?… No les gustaba.
    ¿La resurrección de los muertos? A un griego no le entraba en la cabeza.
    Pero siguieron todos en su educación, y dijeron cortésmente al orador:

    - Pablo, te escucharemos con gusto otra vez.

    No volvieron a escucharle, porque ni ellos estaban interesados ni Pablo tenía ganas de perder más el tiempo:

    - Aquí no hay nada que hacer. Estos griegos atenienses buscan sólo sabiduría, y yo no enseño más sabiduría que la de la Cruz.

    No todo, sin embargo, se había perdido, como anota Lucas:

    “Algunos hombres se adhirieron a Pablo y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos”.

    Éstos fueron la semilla de una nueva Iglesia en Atenas, pequeña, pero allí quedaba la semilla enterrada.

    Pablo, siguen diciendo los Hechos, dejando Atenas se fue a Corinto.

    Esta vez no se marchaba perseguido.

    Fracasado, sí.

    Los pocos judíos de Atenas seguían en su indiferencia, los filosofantes griegos en su incredulidad, y Pablo con una convicción: ¡Basta de ciencia! La Cruz y nada más…

    Lo va a demostrar en el nuevo campo.

    ¡Corinto a la vista!…

    17. A partir del Areópago. Un fracaso y una lección‏

    ¿Recordamos la inquietud y la impaciencia de la última charla? ¡Corinto a la vista!…
    Sí, y de Corinto nos tocaba hoy hablar. Pero vamos a hacer una pequeña parada antes de asistir a la fundación de una Iglesia que llena de ilusión.

    Debemos volver la mirada a Atenas, de la que vimos salir a Pablo muy apesadumbrado, y de la que nosotros mismos nos pudimos llevar una mala impresión.

    Pablo pensó:

    - Atenas, fracaso con los judíos, ¿por qué?… Atenas, fracaso con los griegos, ¿por qué?… ¿Es que el Evangelio no tiene fuerza? ¿A qué se debe lo que me ha ocurrido?…

    Pablo, como lo hemos visto desde el principio, era un judío de pies a cabeza, y en todas partes se las tenía que ver con los de su raza.
    Si los judíos admitían el Evangelio, en ellos encontraba colaboradores magníficos como Silas o Timoteo, o bien formaban los judíos, a la par que los gentiles, una Iglesia tan preciosa como la de Berea.

    Pablo contaba siempre con la persecución.
    Pero lo de los judíos de Atenas fue peor que los azotes o la expulsión de la ciudad.
    Ni una conversión. Ningún interés por el Evangelio. Frialdad por todas partes. Apatía por doquier. Indiferencia absoluta.

    Aquellos judíos, por lo visto, se habían acomodo a la manera floja de vivir de los atenienses, y Dios y el prometido Cristo no les importaron nada. Como si se dijeran:

    - Adoramos al Dios Yahvé sin preocupaciones; ¿por qué nos vienen ahora a molestarnos tontamente?… Dejemos a todos en paz, y que cada uno siga adorando a su dios como le venga bien. ¿A qué meternos con los demás?…

    Fracasado con los judíos, Pablo, tan judío, se pasó a los gentiles. Pero, ¿estaba preparado para meterse con el mundo griego?…

    Dios había tenido una providencia grandísima con Pablo. Cuando lo escogió, sabía Dios a quién elegía. El judío completo, era también un griego y un romano completo.

    Pablo, como hombre, encarnaba en su persona lo más rico del mundo de entonces.
    Dentro de pocos años. Pablo escribirá en una de sus cartas:

    “Yo soy el más pequeño de los apóstoles. Pero, por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos los demás apóstoles, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,9-10).

    Naturalmente que pudo desarrollar una actividad asombrosa y muy diferente de la llevada a cabo por los demás.

    Porque ninguno de los otros apóstoles tuvo la formación que le tocó en suerte tener a Pablo.

    Como judío, era un brillante maestro de la Biblia, graduado en las escuelas superiores de Jerusalén.

    Como griego, era un helenista nacido y educado en Tarso, ciudad muy notable por su saber, en la que asimiló la cultura griega y pudo estar en contacto pacífico con el derecho romano y muchas costumbres del Imperio.

    El discurso que Pablo pronunció en Atenas ante el Areópago no se improvisaba fácilmente.

    Semejante pieza oratoria indicaba una formación griega muy valiosa, asimilada en Tarso, ciudad que marcó a Pablo con sello indeleble en su rica formación humana y social.

    Aunque la fuente de su ciencia sea la Biblia, Pablo sabe también y repite dichos y sentencias de filósofos, poetas y escritores griegos.

    Conoce los juegos olímpicos y en sus cartas hace alusiones estupendas a ellos, aplicando a la vida cristiana los esfuerzos y triunfos de los atletas. Está al tanto de costumbres militares, y nos describe al detalle la armadura romana.

    Veremos después cómo sus cartas están llenas de alusiones a la vida griega y romana, aprendido todo durante su niñez y juventud.

    Es cierto que Pablo pensaba ante todo y sobre todo con la Biblia, y que todo lo que estuviera en oposición a las Sagradas Escrituras lo rechazaba de manera fulminante.

    Por poner un caso, Pablo pudo leer en Tarso la inscripción asiria junto a la estatua de Sardanápalo: “Caminante, come, bebe y pásala bien, que todo lo demás no vale la pena”.

    ¿Qué pensaba Pablo ante semejante brutalidad? Pues, se diría:

    - ¿Eso? Los que así piensan y hablan son malos, pero discurren como tontos más que como pecadores. Ya me lo dice mi Biblia: “Los impíos, razonando neciamente, se dicen…:”Vengan y disfrutemos… gocemos de lo presente…, coronémonos de rosas antes de que de se marchiten” (Sb 2,1-8)

    Aunque, junto a esa barbaridad, pudo aprende dichos como éste, de un gran filósofo de Tarso: “Para todo ser humano su conciencia es su Dios” (Atenodoro)
    En la misma Atenas y sobre la Acrópolis pudo Pablo recordar las palabras de un poeta dirigidas a Zeus, el Júpiter de los griegos:

    -¡Oh Zeus, yo te saludo! Toda carne puede elevar su voz a ti, pues somos de tu estirpe. Por esto quiero con gozo elevar a ti mi canto de alabanza, cantar eternamente tu alabanza” (Coleantes, en Holzner)

    Por palabras de filósofos y poetas como éstos pudo valorar Pablo lo que el Espíritu de Dios había depositado en la naturaleza humana, buena como salida de la mano de Dios, aunque estropeada tan lastimosamente por obra del Maligno.

    Hay que decir que Pablo dio muestras de tener un espíritu muy abierto, muy amplio, y que admitía y asimilaba todo lo que viera de bueno, de honesto, de enriquecedor.
    Con todo esto vemos cómo la religión y la moral – que enseñaban los espíritus más rectos entre aquellos paganos -, bien consideradas, eran un camino abierto para el Evangelio.

    ¿Qué es lo que faltaba? Lo que les dijo Pablo: “Convertirse”.

    ¡Dejen a ese Júpiter el padre de los dioses, y vuélvanse al Dios que creó todas las cosas!

    ¡Dejen a muchos de sus maestros, y acudan al Maestro que yo les indico, el hombre Jesús, que un día juzgará a todos los muertos que habrán resucitado!

    ¡Crean en este Hombre Jesús, y vayan sin miedo a Él, que está autorizado por Dios con la resurrección de entre los muertos!

    ¿Dónde radicó el fracaso de Pablo en Atenas?

    En la indiferencia de los judíos y en la soberbia fatua de los griegos. Pablo no pudo presentarse con más autoridad y hablar mejor a los griegos y a los judíos.

    En el Pablo de Atenas aprendió también la Iglesia la gran lección del apostolado.
    Todo apóstol se presenta con una preparación religiosa y humana completas. Pero ante la indiferencia que puede encontrar o ante el rechazo que le oponga la soberbia de los oyentes, siempre tendrá el apóstol cristiano – como arma eficaz – la Cruz de Cristo, que es sabiduría de Dios y fuerza de Dios para todos los que se han de salvar.

    18. Pablo en Corinto. Soñando en lo imposible

    Decir Corinto es decir Pablo, porque no sabemos disociar los dos nombres. A Corinto, capital de la Acaya en el corazón de Grecia, lo conocemos por Pablo, y el nombre de

    Por eso entramos hoy con ilusión en Corinto acompañando a Pablo, que llega de Atenas donde fracasó tan seriamente, y que en el nuevo campo de acción va a tener mucho trabajo, muchas conversiones, muchos disgustos, muchas alegrías, mucho de todo lo que llena la vida entera del Apóstol (Hch 18,1-17)

    Atenas quedaba atrás a sesenta y cinco kilómetros, y Pablo llegaba a Corintio sin más compañía que sus pensamientos, sus ilusiones y sus inquietudes, mientras se preguntaba:

    - ¿Cómo me va a responder la ciudad del dinero, que corre abundante por tanto comercio y tantos negociantes venidos de todos lados?… ¿Cómo me va a tratar la ciudad de la lujuria, con su templo de Afrodita servido por más de mil prostitutas?… ¿Cómo me irá en la ciudad de los Juegos Ístmicos, las Olimpíadas de Corinto, próximos ya a celebrarse?…

    Esto va pensando Pablo durante su entrada en ciudad, cuya belleza no le podía dejar insensible. Estaba dominada por el Acrocorinto, más alto aún que la Acrópolis de Atenas, y coronado por el templo a Afrodita, la diosa del placer, que lo enseñoreaba todo.

    Ante la visión del dinero, de la vida lujuriosa, de la distracción, y escarmentado con la experiencia de Atenas, Pablo está decidido a presentar más que nunca sólo a Jesucristo, y a Jesucristo precisamente “crucificado”.

    Un día escribirá a los de Corinto, al recordar estos días primeros, unas palabras que se han hecho programáticas en la Iglesia:

    “Al llegar a ustedes, no lo hice con palabras de sabio, para no desvirtuar la cruz de Cristo, ya que la predicación de la cruz es locura para los que se pierden, aunque para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios”.

    Pablo entra en Corinto como ese Cristo a quien va a predicar. Llega crucificado por la pobreza, por la soledad, por la incertidumbre, como confesará él mismo:

    “No quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado, y me presenté ante ustedes débil, tímido y tembloroso” (1Co 2,3)

    Pablo ha llegado solo, pues a Silas y Timoteo los ha enviado a Tesalónica para sostener a los nuevos cristianos, sometidos a la persecución de los judíos.

    Para vivir, se ha de poner a trabajar desde el primer momento, y ronda por la ciudad buscando el barrio de los tenderos para ofrecerse a cualquier industrial. Pablo es tejedor de telas rudas e impermeables al agua, tan resistentes que, colocadas en el suelo, se mantenían tiesas y eran aptísimas para tiendas de campaña o capas de pastores y campesinos.

    En medio de sus angustias y depresión, Dios le tiende a Pablo unas manos amorosas.

    - ¿Cierto que me admiten en su taller?…

    - ¿Cómo no, hermano? Aquí tienes una tienda en que trabajar y unos amigos con quienes compartir.

    Los que así hablan, no fingen; actúan con toda cordialidad. Se llaman Áquila y Prisca, su mujer. A Prisca la llaman con un diminutivo cariñoso: Priscila. Son unos judíos indudablemente ya cristianos, que han tenido que salir de Roma el año 49 por la expulsión del Emperador Claudio, el cual mandó fuera a todos los judíos por causa de un tal “Cresto”, como lo llama un escritor pagano, en vez de “Cristo”.

    ¡Qué testimonio tan preciso! Por ese Cristo que comenzaba a ser conocido en Roma y los judíos no lo aceptaban ni lo toleraban.

    Áquila y Priscila eran acomodados industriales, viajaban mucho, y ahora le ofrecían a Pablo su taller y su mostrador, pues los tres ejercían el mismo oficio de tejedores de lonas.

    Se inicia entre Pablo, Áquila y Priscila una amistad entrañable, tanto que un día mandará para ellos este saludo y elogio sin par:

    “Saluden a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús. Ellos expusieron sus cabezas para salvarme, lo cual se lo agradezco no solo yo, sino también todas las iglesias de entre los gentiles. Saluden a todos los que se reúnen en la iglesia de su casa” (Ro 16,3-5)

    ¡Qué par de cristianos, este matrimonio tan querido y ejemplar!…

    De momento, Pablo predica a Jesucristo solamente los sábados en la sinagoga.
    Sigue con sus preocupaciones, hasta que llegan Silas y Timoteo con las mejores noticias de Tesalónica:

    - ¡Qué magníficos discípulos! ¡Cómo se mantienen en la fe del Señor Jesús! ¡Y cómo te recuerdan y te quieren, Pablo! Mira lo que nos han dado para ti ellos y los de Filipos, a fin de que no pases tantos apuros!…

    Pablo no puede con su emoción. Ve la mano del Señor, y ahora, aliviado en su necesidad, aunque seguirá trabajando moderadamente en el taller de lonas para mantenerse por sí mismo, ve que ha llegado el momento de darse de lleno a la evangelización.

    El jefe de la sinagoga, Crispo, aceptó el Evangelio y se bautizó con toda su familia, igual que lo hicieron algunos judíos más.
    Podemos suponer qué significaba eso de que hasta el jefe de la sinagoga aceptara el Evangelio. Los judíos estaban que no aguantaban más.

    Y vino lo que tenía que venir.

    Pronto estalló una lucha tan violenta que Pablo se hallaba otra vez descorazonado:

    -¿Qué hago, Señor?…

    Pero el Señor le dio la respuesta que estaba necesitando.

    Se le aparece aquella noche, y le dice:

    “¡Ánimo! Sigue hablando y no te calles; pues yo estoy contigo y nadie te atacará para hacerte mal; porque tengo yo elegido un pueblo numeroso en esta ciudad”.

    Pablo nunca había pasado tanto tiempo en un mismo lugar, y después de año y medio de trabajar tan duramente en Corinto, acompañado de Áquila y Priscila, salía en viaje rápido hacia Jerusalén.

    ¿Dejamos nosotros para siempre Corinto? No. Hemos de volver aquí.

    Como lo hará Pablo en otras breves visitas y, más que nada, con sus cartas inolvidables.

    Cuando las escriba, nosotros nos meteremos entre el público de la Iglesia, para embebernos también de unas enseñanzas que nos encantarán.

    Pablo trabajó ilusionado en un campo al parecer estéril. Más de uno le hubiera aconsejado al principio:

    - Es inútil, no te empeñes. Corinto no es para la Cruz de Cristo…

    Pero Pablo pensó:

    ¡Sí que lo es! El orgullo de la sabiduría vana es lo que a mí me da miedo. Aquí hay mucho pecado, pero precisamente por eso triunfará la Cruz, que es la fuerza de Dios…

    Y triunfó, ¡vaya que si triunfó! Aún ahora seguimos en nuestro pasmo y admiración…

    19. Las Cartas magistrales de Pablo. Doctor para siempre‏

    ¿Es interesante la vida de Pablo?… ¡Cómo no, si es la vida de uno de los hombres más extraordinarios que conoce la Historia! Sin embargo, la enorme influencia de Pablo en la Iglesia de todos los siglos no radica en lo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, sino en las cartas que escribió a las Iglesias mientras evangelizaba en las ciudades o se consumían sus huesos en la cárcel.

    Corría el año 51 y hacía meses que Pablo había evangelizado Tesalónica. Allí había dejado una comunidad cristiana ejemplar. Pero, mientras trabajaba en Corinto, le llegaron a Pablo rumores preocupantes sobre los fieles de aquella tan querida Iglesia: que si persecuciones de los judíos, que si interpretaciones equivocadas de lo que Pablo les había enseñado, que si pequeñas disensiones…

    Aquí estuvo todo, muy sencillo, pero fue el detonante de la gran idea paulina.

    - ¡No puedo ir yo ahora a Tesalónica, pero puede ir una carta!…

    Esto se dijo Pablo, y puso manos a la obra.
    Ni el mismo Pablo podía imaginar las cartas que iban a seguir después.

    Es emocionante imaginarse a Pablo escribiendo dentro del taller de Áquila y Priscila en Corinto y Éfeso, cuando cesaba el correr de las agujas entre los tejidos.
    Igual que hará años más tarde ─a la luz de la lámpara mortecina de la casa de Roma─ durante aquellos dos años de prisión. ¡A escribir!…

    ¿Y por qué escribía Pablo?

    Escribió sus Cartas a las Iglesias particulares que había fundado para responder a situaciones concretas; para animar a los vacilantes en la fe; para corregir errores o arreglar conductas; para exponer el Misterio de Cristo; o para preparar su visita a cristiandades que quería conocer, cosa que hará especialmente con la gran carta a los de Roma.

    Después de los Evangelios, son las joyas más ricas que contiene y nos ofrece la Biblia.

    A pesar de que a veces resultan difíciles, como reconocía el mismo San Pedro:

    - Miren cómo les escribió nuestro querido hermano Pablo con la sabiduría que le fue concedida. En todas sus cartas trata estos temas, si bien en ellas hay cosas difíciles de entender (2P 3,15-16)

    Si el mismo Pedro reconocía esta dificultad, ¿qué no podemos decir nosotros?…

    Es cierto: hay que estudiar algo las cartas de Pablo, pero, cuando se van entendiendo, resultan el alimento más nutritivo del alma.

    Sabemos cuáles son las cartas de Pablo, pues oímos siempre en la Iglesia estos nombres:

    Carta a los Tesalonicenses,
    a los Corintios,
    a los Gálatas,
    a los Romanos,
    a los Filipenses,
    a los Efesios,
    a los Colosenses,
    a Timoteo,
    a Tito,
    a Filemón…

    La de los Hebreos, también de origen paulino, es sin duda de algún discípulo suyo ─quizá Bernabé o Apolo u otro─, pero no es propiamente de Pablo.

    Pablo escribía al dictado, por medio de un amanuense, como dice varias veces:

    “El saludo va de mi propia mano, Pablo”, dice a los de Corinto. “Vean con qué grandes letras les escribo, de mi propia mano”, les añade a los de Galacia.

    “El saludo va de mi mano, Pablo. Esta es la firma en todas mis cartas; así escribo”, termina escribiendo a los tesalonicenses..

    La epístola de los Romanos termina con esta deliciosa nota:

    “Os saludo en el Señor también yo, Tercio, que he escrito esta carta”.

    Hemos de pensar lo que le costó a Pablo el escribir semejantes cartas. El día lo pasaba en el trabajo de tejedor para ganarse el pan de su vida. En muchas circunstancias, la jornada entera la empleaba para evangelizar. ¿Qué le quedaba para escribir? Podía emplear a lo más dos o tres horas al anochecer robándoselas al sueño.

    Un bien conocido y autorizado historiador de Jesucristo y de San Pablo, nos da detalles preciosos acerca de las cartas de Pablo (Ricciotti)

    Datos curiosos y muy interesantes, que nos hacen apreciar el esfuerzo enorme que le supuso al Apóstol el dejarnos escritos tan inapreciables.

    Utilizaba los famosos papiros de Egipto, lo hacía en griego, y se podían escribir por minuto tres sílabas, unas setenta y ocho palabras por hora.

    A este paso, estudiado todo con cálculos muy probables y precisos, la primera carta a los Tesalonicenses, con 1.472 palabras, le tuvo que costar diez folios de papiro y veinte horas de escritura.

    El billete a Filemón, que es como una carta de las nuestras, con 335 palabras, le supuso tres folios y más de cuatro horas de escritura.

    Y la imponderable carta a los Romanos, con 7.101 palabras en el original griego, se le llevó unos cincuenta folios de papiro y noventa y ocho horas de dictado al amanuense.

    Las Cartas o Epístolas de San Pablo enseñan y estimulan mucho.

    Quien quiera aprender vida cristiana, encuentra en Pablo al Maestro consumado. Especialmente, quien aspire a encenderse en amor a Jesucristo, que vaya a Pablo, el cual tiene acentos sublimes e inimitables:

    - ¡Mi vivir es Cristo!…
    - Vivo yo, pero ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí.
    - Me glorío de no conocer más que a Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
    - Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por pura basura para ganar a Cristo.
    - ¡Que nadie me moleste más! Porque yo llevo impresas en mi carne las llagas del Señor Jesús.
    - Deseo la muerte para estar con el Señor, que es con mucho lo mejor.
    - Saldremos arrebatados al encuentro del Señor…, y así estaremos siempre con el Señor.
    - ¿Quién nos separará del amor a Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… ¡No, nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro!…

    A partir de este momento, dentro de la historia de Pablo iremos nosotros insertando el recuerdo de estas cartas, tal como las vaya escribiendo el Apóstol.

    En esas cartas de fuego comprobamos aquello que de él decía San Juan Crisóstomo:

    “El corazón de Pablo era el corazón de Cristo”.

    Y la verdad es que, al leerlas, también nuestro corazón se va pareciendo cada vez más al Corazón del Señor…

    20. La primera a los de Tesalónica. Ya nadie parará la pluma‏

    Pablo está en Corinto. Hace ya un año que dejó atrás la ciudad de Tesalónica donde había fundado una Iglesia que resultó ejemplar y querida, muy querida de Pablo.

    Capital de la provincia romana de Macedonia, se llamaba Tesalónica, hoy Salónica, por la hermana de Alejandro Magno. Desde la conquista romana era ciudad libre, con magistrados propios, y próspera por el animado comercio de sus habitantes.

    Este notable comercio atraía a muchos inmigrantes de todas partes, de modo que Tesalónica era una ciudad cosmopolita.
    Llevaba fama de tener ciudadanos haraganes, pues vivían con facilidad a costa de los que trabajaban y negociaban.

    Y junto a esa fama de poco trabajadores, era conocida también por la vida sexual fácil de sus habitantes, de modo que los vicios acampaban por doquier. A pesar de esta fama poco favorable, Pablo quiso dejar allí sembrado el Evangelio.

    Las tres Iglesias de Macedonia – Tesalónica, como antes Filipos y después Berea – fueron magníficas, aunque Pablo hubo de salir de las tres ciudades en forma aventurera, perseguido tenazmente por tantos enemigos.

    Ya vimos cómo fueron los inicios de la Iglesia de Tesalónica en el año 50. Tres sábados seguidos discutiendo con los judíos, probándoles, con la Biblia en la mano, el Evangelio que él predicaba, cuya síntesis nos han conservado los Hechos:

    - Convénzanse, Cristo tenía que padecer, morir y resucitar. Ese Cristo es Jesús, a quien yo les anuncio.

    Al marchar Pablo violentamente por insidias los judíos, la persecución se cebaba en los discípulos.

    Y ahora en Corinto le llegaban noticias de esta tenaz persecución.

    Pablo, temeroso, envía a Timoteo desde Atenas a Tesalónica para infundir ánimos a los creyentes, a la vez que le pide:

    - ¡Por favor, tráeme noticias, que estoy impaciente!

    Las deseadas noticias con que Timoteo regresó a Corinto fueron muy buenas.

    Pero siempre existían ciertos reparos, uno doctrinal sobre lo que les había enseñado Pablo acerca de la resurrección final, y otro referente a la conducta moral de algunos tesalonicenses.

    Pablo quiso ir personalmente, y reconoce: “pero me lo ha impedido Satanás” (2,18), es decir, se le presentaron dificultades muy serias, atribuidas al enemigo

    Entonces, suplió el viaje con dos cartas providenciales.

    Decimos “providenciales” en el sentido de lo bien que a nosotros nos ha venido el que Pablo tuviera la iniciativa de escribir unas cartas – éstas y otras después -, que iban a ser luz esplendorosa para la Iglesia de todos los siglos.

    Miremos cómo presenta Pablo la primera carta, con un elogio grandísimo:

    “Ustedes se han convertido en modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Partiendo de ustedes, ha resonado la palabra del Señor, y su fe en Dios se ha difundido por todas partes, de manera que nada nos queda por decir” (1,7-8)

    Pero entre las buenas noticias que traía Timoteo, le contaba también a Pablo:

    - Esos judíos de nuestro pueblo -porque también tú y yo somos judíos-, no te aguantan y ahora van diciendo que eres insoportable, un tirano, que mandas como un dictador…

    A lo que responde Pablo a los suyos con estas palabras colmadas de ternura:

    “Aunque pudimos imponer nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con ustedes, como una madre cuida con cariño de sus hijos. Tanto les queríamos que estábamos dispuestos a entregarles, no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas. ¡Han llegado a sernos entrañables!” (2,7-8)

    Pero Timoteo le vino a Pablo con esta curiosidad:

    - ¿Sabes que los tesalonicenses están preocupados por la suerte de los difuntos? Se les han muerto familiares, y los discípulos se preguntan: ¿Cuál es su suerte, si no han visto al Señor?… Por lo visto, no te entendieron bien eso de la resurrección de los muertos.

    Pablo ahora los tranquiliza con esas palabras esperanzadoras:

    - No se preocupen. Jesucristo, que resucitó, nos resucitará con Él. Ni los vivos ni los ya difuntos tienen ventaja los unos sobre los otros, porque en el último día todos, revestidos de inmortalidad, saldremos al encuentro de Jesucristo que vendrá, “y así estaremos siempre con el Señor” (4,13-18)

    Timoteo ha de ser sincero, y le cuenta también a Pablo:

    - ¿Quieres saber otra cosa? Es algo inquietante la vida moral que algunos llevan, porque no acaban de romper con ciertas costumbres paganas.

    Pablo comprende:

    - ¡Es natural, aunque la cosa no tiene que seguir así! Tesalónica es muy libre en el aspecto sexual, muchos de los convertidos eran y vivían como hijos de su tierra; por eso, no es extraño que les cueste un punto tan delicado como éste.

    Es entonces cuando les escribe con generosidad, a la vez que con energía:

    “¡No nos llamó Dios a la impureza sino a la santidad!”…. ¡Aléjense de la fornicación! Que cada uno de ustedes sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los que no conocen a Dios”.

    Como se ve, Pablo habla del pecado de impureza. Al decir “su cuerpo”, parece que se refiere a la propia esposa. El cristiano, con ella tiene bastante para ser feliz. Utilizar a otra u otro, es un pecado del que se vengará el Señor.

    Pero, dando la vuelta a la hoja, Pablo presenta toda la belleza de la pureza con su razón más alta: el Espíritu Santo, que llena el cuerpo y todo el ser del cristiano.

    Estos dos eran los puntos centrales a los que se dirigía toda la epístola. ¿Y qué efecto consiguió? Muy bueno, como era de esperar de los queridos tesalonicenses.
    Aunque eso de los difuntos agravó más la cuestión, lo cual nos mereció una segunda carta de Pablo, que pronto nos tocará ver.

    La primera carta que hoy tenemos en las manos acaba con palabras muy bellas:

    “Estén siempre alegres”,
    “Oren sin cesar, dando gracias por todo”.

    “No apaguen el fuego del Espíritu con sus dones”.

    “Esto es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos”.

    Así serán todas las cartas de Pablo, y esto es lo que querrá siempre de los discípulos: integridad en la fe y conducta intachable.
    Y siempre podrán contar con el corazón inmenso de Pablo, que en amor no se deja vencer por nadie.

    21. A ser santos llaman. Lo primero que pidió Pablo‏

    En la meditación anterior, Pablo nos dejó en la mano su primera carta a los Tesalonicenses, que es el primer escrito del Nuevo Testamento. En ella se dirige a los queridos discípulos de una Iglesia que le llenaba el alma por la fidelidad con que vivían el Evangelio.

    Nosotros abrimos hoy esa carta y nos encontramos con esta afirmación tan categórica:

    “Esta es la voluntad de Dios, su santificación”. Y especifica Pablo: “Porque Dios nos llamó para que vivamos santidad” (1Ts 4, 8)

    El cristiano, desde su bautismo, en un estuche que encierra la joya de más valor, como es la gracia de Dios. Esa gracia divina, que Pablo llama “santidad”, se ha de conservar y acrecentar, sin guardarla nunca ociosa, porque hay que consumarla en su perfección.

    Pablo nos lo dice hoy con toda su energía, como antaño a los tesalonicenses:

    “Esta es la voluntad de Dios, la santificación de ustedes”.

    Pablo ha venido a proponernos, cambiando las palabras, lo mismo que Jesús proclamó en su discurso de la Montaña:

    “Sean perfectos, como es perfecto su Padre que está en el cielo” (Mt 5,48)
    Ante el programa propuesto por Pablo, y antes por Jesús, la Iglesia ha mantenido siempre vivo el ideal de la santidad.

    El Papa Juan Pablo II lo señaló como la gran meta que han de conseguir los privilegiados del Tercer Milenio. ¿Para qué?… Para que al acabarse los diez siglos, la Iglesia se vea cuajada de santos.

    ¿No nos guarda San Pablo alguna palabra para los que hemos aceptado el reto de aquel querido Papa, a quien tanto admiramos?…

    ¿Y qué es lo que atestigua Pablo?… A voz en grito proclama el Apóstol:

    ¡Dios es santo!
    ¡Dios llama a la santidad!
    ¡Dios santifica!
    ¡Dios hace crecer en la santidad!
    ¡Dios consumará un día la santidad de los elegidos convirtiéndola en gloria inimaginable y en felicidad sin fin.

    Pablo se sabía más que de memoria los textos famosos de la Biblia que presentaban a Yahvé, el Dios de Israel, como el Santo, el Santísimo.

    “Sean santos, porque yo soy santo”, leía Pablo en el Levítico (11,44)

    Después, lo contemplaba con Isaías en la visión grandiosa de los ángeles que cantaban a coro: “Santo, santo, santo es Yahvé, Dios de los ejércitos celestiales, llena está la tierra de su gloria” (Is 6,3)
    Y confesaba Pablo con el salmista: “Dios es santo en todas sus obras” (Sal 144,17)

    Pablo llegó entonces a preguntarse:

    - Si Dios es santo, ¿qué nos toca a nosotros sino ser santos como Dios?

    Pero, ¿qué significa eso de que Dios es santo?

    A lo largo de toda la Biblia, la palabra “santo” quiere decir que Dios es absolutamente puro, sin que se mezcle para nada con ninguna cosa o criatura que no sea Dios.

    Dios es puramente Dios, solamente Dios, totalmente Dios, de modo que cualquier otra cosa que le tocara sería en Dios una impureza.

    Por eso su Hermosura es infinita a más no poder.

    Ahora viene Pablo, y dice:

    - ¿Se dan cuenta de lo que es Dios? ¿Se dan cuenta de lo bellísimo que tiene que ser, al no contaminarse con nada?

    Pablo se sume en una profunda meditación, y expone en voz alta a todos los vientos lo que él va pensando:

    Esto es lo que quiere Dios de mí, y de todos los hijos de las Iglesias que he fundado: que seamos santos como Él, sin mancha alguna que nos haga feos y nos avergüence en su divina presencia, sino que aparezcamos llenos de hermosura celestial.
    “Purificados de toda mancha de la carne y del espíritu, consumamos la santificación en el servicio de Dios” (2Co 7,1)

    “Actuamos siempre con una rectitud y con un amor delante de los divinos ojos, que, con sólo mirarnos, Dios se queda prendado de nosotros. Para esto nos ha reconciliado por medio de la muerte de su Hijo, para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de él” (Col 1,22)

    Este ha sido el sueño divino desde siempre, desde que Dios es Dios.

    Porque desde toda la eternidad, “desde antes de la creación del mundo nos eligió para ser santos, intachables y abrasados en amor” (Ef 1,4)

    ¿Y cómo nos hace Dios santos, si antes éramos pecadores? ¡Por el bendito Bautismo!

    “En él hemos sido lavados, hemos sido santificados, hemos sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Co 6,11)
    Esto lo ha hecho Dios con todos los hijos de la Iglesia, porque “Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla” hasta convertirnos en templo santo, ese templo que somos nosotros” (Ef 5,25; 1Co 3,17)

    Todo lo realizó Dios por Jesucristo, causa de nuestra santificación, porque “de Dios nos viene el estar en Cristo Jesús, al cual Dios hizo para nosotros santificación” (1Co 1,30)

    Así va discurriendo Pablo. Así nos habla. Y así grita hoy, igual que entonces a los de Tesalónica: “¡Sean santos!”…

    La santidad, según San Pablo, es una verdadera vocación de Dios, que llama a la santidad a todos los cristianos, como lo expresa al saludar a los de Corinto o a los de Roma:

    “A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”.
    “A todos los amados de Dios que están en Roma, santos por vocación”.

    Para Pablo, lo de menos es que un cristiano sea hombre o mujer, casado o soltero, abogado o campesino, Presidenta del Gobierno o costurera, Papa Vicario de Jesucristo o pescador del puerto…

    Desde el primero al último de los bautizados – aunque en la Iglesia tenga cada uno un carisma diferente- , todos los hijos de la Iglesia tienen por igual la misma y suprema vocación: ser santos y santas para ser mañana los florones más vistosos que adornen el Cielo.

    22. El Señor volverá. Otra misiva a Tesalónica

    Pablo, mientras evangelizaba en Corinto, les pidió con urgencia a Timoteo y Silas:

    - ¡Pronto! Necesito más papel, tinta y plumas. Y ustedes, prepárense para otra carta que les tengo que dictar.

    Se inició un diálogo nervioso entre los tres, al preguntar Timoteo:

    - Pablo, ¿qué pasa pues?

    - Nada malo. Pero quiero tranquilizar a los de Tesalónica. Como tú me decías, Timoteo, no entendieron eso de la resurrección de los muertos. Por una parte están llenos de esperanza, pero por otra han sacado malas consecuencias. Me han informado algunos hermanos llegados de allí, que bastantes discípulos se han dicho: Si el Señor está cerca, ¿para qué molestarse en lo poco que nos queda de vida aquí?…

    - O sea, ahora a vivir tranquilos, a mariposear por el ágora, a no trabajar y a dedicarse al ocio, en el que los griegos son tan especialistas.

    - Dices muy bien, Silas. Por eso, es tan importante aclararles este punto sin dejarles dudas. Al acabar el trabajo en el taller, y después de predicar al Señor Jesús en el grupo que nos viene cada día, hemos de escribir de nuevo.

    Silas y Timoteo se dieron cuenta del trabajo que les venía otra vez encima.
    Pablo, discurriendo mientras daba vueltas por la estancia, les iba a dictar a los dos las ideas que le llenaban la cabeza. Sentados uno y otro en el suelo ─con los papiros egipcios en la mano, y turnándose, pues el escribano difícilmente aguantaba más de dos horas─, irían escribiendo la segunda carta a los de Tesalónica. Más breve ésta que la anterior, pero también llena de enseñanzas y de cariño.

    No habían pasado más que unos dos meses desde la primera carta, y viene esta segunda como una emergencia, originada por la cuestión de los difuntos.

    Algunos tesalonicenses, interpretando mal lo que Pablo les había escrito, sacaron una mala consecuencia:

    - Si el Señor está cerca, si va a venir pronto para el Juicio, ¿vale la pena preocuparse por el porvenir?, ¿vale incluso la pena trabajar?…

    Pablo reprende. Con cariño, pero amonesta como debe:

    - A los haraganes, que viven entre ustedes “sin trabajar nada, pero metiéndose en todo”, les aviso en serio: “si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (3,10-11)

    Y se pone como ejemplo:

    - Ustedes saben cómo deben vivir para imitarnos: no hemos vivido entre ustedes sin trabajar; no pedimos a nadie un pan sin haberlo ganado, sino que trabajamos y nos fatigamos día y noche a fin de no ser carga para ninguno de ustedes. Y no es que no tuviéramos derecho para pedir; pero quisimos darles un ejemplo que imitar. (3,7-9)

    Vemos cómo no dice “yo”, sino que la carta pone bien claro “nosotros”. Los compañeros de Pablo trabajaban, cada uno en su oficio, igual que el maestro.

    Como se dice vulgarmente, hemos empezado por el tejado, por la consecuencia que Pablo quería extraer de la doctrina sobre la Segunda Venida del Señor, llamada técnicamente “La Parusía”. ¿Queremos saber ante todo el significado de esta palabra?

    “Parusía” era una palabra griega que designaba la visita que el emperador o un legado suyo hacía a alguna provincia o ciudad de su dominio.

    Iba siempre, como es de suponer, acompañado de todo su séquito, desplegando magnificencia, y era recibido por el pueblo, con las autoridades a la cabeza, en medio de grandes festejos. Así era en la antigüedad, en los pueblos orientales como en la misma Roma.

    Y de ahí vino el término de la comparación:

    - ¿Les gusta esa pompa, esa grandiosidad, ese despliegue de fuerzas del emperador o del rey?… Pues esto es lo que va a acontecer cuando vuelva el Señor Jesús al final de los tiempos. ¡Aquello sí que será espectacular!

    Todos recordaban con esta palabra lo que había dicho Jesús, y que Pablo les había expuesto: “Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad” (Mt 24,30)

    La Vuelta del Señor lleva consigo aparejada la resurrección de todos los muertos y la comparecencia ante el tribunal de Jesucristo de todos los ángeles, los del cielo y los del infierno, conforme a la palabra del mismo Pablo:

    - ¿No saben que nosotros vamos a juzgar a los ángeles? (1Co 6,3)

    Es decir, la Parusía, o Día del Señor, reunirá ante Jesús a todas las gentes de todos los tiempos, con la comparecencia también de todos los ángeles del cielo y todos los demonios del infierno.

    Los muertos resucitarán aquel día, pero, ¿y los que vivan cuando el Señor venga? ¿qué ocurrirá con ellos?… Esta era la cuestión que preocupaba a los tesalonicenses.

    Pablo es también muy claro: “No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al último sonido de trompeta que tocará, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados” (1Co 15,51-52)

    Parece que en la primitiva Iglesia se pensó que la vuelta del Señor estaba inminente. Cuestión de años. Pero pronto se convencieron de que la cosa iba para largo.
    Los años se podían convertir en siglos y en bastantes milenios. Como así ha sido. Es muy posible que estemos en la aurora de la salvación, en el puro amanecer, y que falten aún muchas horas del día.

    En esta carta segunda a los de Tesalónica Pablo apunta un signo de la venida del Señor: la apostasía general y la aparición del Anticristo. Venía a decir lo mismo que Jesús:

    “Y cuando yo vuelva, ¿encontraré fe en la tierra?” (Lc 18,8)

    Esta cuestión de la Vuelta del Señor había suscitado en Tesalónica muchos falsos profetas, que iban proclamando, de viva voz y por cartas falsificadas, como escritas por Pablo:

    - ¡El Señor está por llegar!… Prepárense, porque el Señor viene!…

    Tanto San Pablo, como antes Jesús, desengañan a todos los falsarios, que hasta señalan fechas concretas:

    - Nadie sabe cuándo será. Lo que interesa es estar preparados para cuando el Señor llame a cada uno.

    Aquel ¡Volverá! de la Ascensión lo tenemos muy metido en la mente y en el corazón.
    El día grandioso del final de los tiempos les hace exclamar de continuo a los hijos de la Iglesia con el Apocalipsis: ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20)

    Con esta carta volvió la paz a la Iglesia de Tesalónica.

    Y qué paz da también hoy el seguir repitiendo con fe:

    ¡Volverá!… ¡Ven, Señor Jesús!...

    23. ¡Lean, tesalonicenses! Una súplica de Pablo

    Ha salido de la pluma de Pablo la primera de sus cartas. Y, al final de la misma, les grita casi a sus queridos tesalonicenses:

    - ¡Léanme! ¡Les conjuro por el Señor que lean esta carta todos los hermanos! (1Ts 5,27)

    ¿Sospechaba Pablo que esa su carta, sus dos primeras cartas – primeros escritos del Nuevo Testamento-, los íbamos a leer con fruición en la Iglesia durante siglos y siglos?…

    Y al leer esas sus dos cartas a los de Tesalónica, ¿con qué nos encontramos?…
    Aparte de lo que ya tenemos comentado en meditaciones anteriores, vemos a Pablo volcar su corazón ante aquellos hijos que eran su gloria por la fidelidad al Evangelio.

    ¿Cómo no va a estar orgulloso Pablo de ellos, si se han convertido en modelo de todas las Iglesias? Así se lo dice sin complejos ni regateos:

    “Han abrazado la palabra de Dios con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones. De esta manera se han convertido en modelo de todos los creyentes. Pues partiendo de ustedes, ha resonado la palabra del Señor por todas partes” (1Ts 1,7-8)

    Pablo, ufano por sus hijos, no solamente los colma de felicitaciones, sino que pasa a darles unos consejos que son para nosotros, todavía hoy, grandemente orientadores en nuestra vida cristiana.

    Y nada más empezar, Pablo nos cita por primera vez lo que son la fe, la esperanza y el amor: esa tríada gloriosa que encierra toda nuestra salvación, cuando escribe:

    “Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre el obrar de su fe, el trabajo difícil de su caridad, y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1Ts 1,3)

    ¡Que elogio el contenido en estas palabras! ¡Quién lo pudiera merecer siempre! No hay cristiano que se pueda perder cuando vive estas tres virtudes recibidas en el bautismo.

    Y no se puede perder, sencillamente, porque esa fe, esa esperanza y ese amor son la armadura más fuerte con que está pertrechado para recibir los ataques de Satanás, pues les comenta Pablo:

    “Estamos revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, y con el casco de la esperanza de la salvación” (5,8)

    Pero, ¿por qué viven los tesalonicenses con semejante fidelidad el Evangelio?
    Pablo reconoce que esto se debe a dos razones poderosas, encerradas en estas palabras:

    “¡Han llegado a ser para mí entrañables! Porque, al recibir la palabra de Dios que les prediqué, la acogieron, no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, como lo es en verdad, y esa palabra permanece activa en ustedes” (1Ts 2,8 y 13)

    Aquí está la razón de la fuerza de una Iglesia concreta y de un cristiano en particular.

    La palabra que escucha, salida de labios elocuentes o de otros labios muy pobres, es Palabra de Dios, no palabra de hombre, que engendra y alimenta la fe.

    Y recibida la Palabra con fe, ¿se queda en una fe muerta, sin obras? ¡No! Porque se traduce en obras vivas, activas siempre, tal como dice el mismo Pablo: “Es una fe que actúa siempre movida por el amor” (Gal 5,6)

    El apóstol Santiago se vio en la precisión de corregir a algunos que tergiversaban ciertas expresiones de Pablo sobre la fe.
    Y refiriéndose a la Palabra de Dios, que leían en la Biblia o escuchaban en la Comunidad, escudándose en que tenían bastante con la fe, el austero apóstol les avisa serio y les pone una graciosa comparación:

    “Pongan por obra la palabra y no se contenten sólo con oírla, engañándose a ustedes mismos. Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, se parece al que contemplaba su cara en el espejo; efectivamente, se contempló, pero dio media vuelta y se olvidó de cómo era” (St. 1,22-24)

    Los discípulos de Pablo hacían todo de manera muy diferente: la Palabra que habían escuchado la ponían por obra, y de este modo convirtieron a su Iglesia en modelo de todas las comunidades cristianas.

    Ante esta realidad, Pablo, en vez de corregir, anima a los suyos a seguir adelante:

    “Dios los haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos” (1Ts 3,12)

    ¡El amor, siempre el amor lo primero!

    Como los tesalonicenses estaban tan inquietos por el Día del Señor, Pablo les insiste:

    - No se preocupen de cuándo vendrá ese día. Lo que importa es estar siempre preparados. Vigilancia, oración, sobriedad de vida. Somos hijos del día y de la luz, y Dios no nos ha destinado para la ira y el castigo, sino que nos ha elegido para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo. (1Ts 5,4-11)

    En las dos cartas se muestra Pablo ciertamente orgulloso de sus queridos tesalonicenses. Pero los tesalonicenses, a su vez, estaban orgullosos de Pablo.

    ¿Por qué acogieron de aquella manera tan firme la Palabra de Dios traída por Pablo, y por qué ahora constituían una Iglesia tan fervorosa?

    ¿Por qué aguantaban ahora tanta persecución, sin flaquear en su fe?

    ¿Por qué Pablo les alaba el que se han vuelto unos fieles imitadores suyos?

    En el ejemplo de Pablo estuvo uno de los grandes secretos de aquella fe y aquella vida cristiana de esta Iglesia. Pablo llegó de Filipos perseguido, cubierto de llagas por los azotes de los lictores, pobre, y proclamaba su doctrina sin pedir ni exigir nada.

    Los oyentes de Pablo lo veían, examinaban su proceder, y se convencieron de la verdad que aquel extraño predicador proclamaba:

    - ¡A este sí, a éste le podemos creer!
    Y le creyeron y se entregaron incondicionalmente a Pablo, y por Pablo al Señor Jesús.

    Al escribir ahora a los de Tesalónica, Pablo pone fin a las dos cartas con unos consejos que son actuales para la Iglesia de todos los tiempos:

    “Manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros, de viva voz o por carta” (2Ts 2,15).

    “Mantengan vivo al Espíritu Santo”, el cual actúa tanto entre ustedes con sus carismas. Estén siempre alegres. Oren continuamente, dando gracias a Dios, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús” (1Ts 5,16-19)

    ¡Lean esta carta todos!, pedía Pablo. Estas dos cartas a los de Tesalónica, tan sencillas y familiares, nos enseñan mucho sobre la vida cristiana.

    Las seguimos leyendo con gusto, al ver que nos piden alegría, oración, trabajo, esperanza y amor…

    Escritos como éstos, ¡que nos vengan muchos!

    24. Entre la segunda y tercera misión. Dejando por ahora Corinto‏

    Un día corrió la alarma por la Iglesia de Corinto:

    -¿No lo saben? Pablo se va, Pablo nos deja. Se ha rapado completamente la cabeza, y esto en un judío significa que ha de ir a Jerusalén para cumplir en el Templo el voto que ha ofrecido.

    Les preguntan a Áquila y Priscila, que no pueden mentir:
    -Sí, es cierto. Y nosotros marchamos con él hasta Éfeso, donde nos vamos a quedar, mientras que él seguirá su viaje, aunque nos dice que vendrá a Éfeso después de Jerusalén.

    ¿Cómo es que Pablo deja Corinto? Ha fundado allí una iglesia fuerte, ejemplar, luchadora, que ha crecido prodigiosamente.

    La fuerza de la Cruz se ha mostrado vigorosa en la ciudad llena de vicio, y los creyentes quedan bien atendidos por presbíteros y jefes ejemplares.

    Pablo puede reflexionar confiado:

    -¿Qué sigo haciendo aquí después de año y medio? En Grecia, sin ninguna ciudad importante fuera de Atenas y Corinto, ya no me queda nada que hacer. Roma…, Roma…, y después hasta España, en el fin de la tierra. Pero antes he de visitar y fortalecer las iglesias fundadas en Galacia. Y, antes que Roma, está Éfeso y las ciudades costeras del Asia. ¿Me va a impedir por tercera vez el Espíritu Santo establecer en Éfeso la Iglesia?…

    Pablo se decide:

    -¡A Éfeso! Pero, antes, una rápida visita a Jerusalén, Antioquía e iglesias de Galacia.
    En Éfeso, al desembarcar con Áquila y Priscila, tiene la confirmación de su propósito, cuando oye después de predicar alguna vez que otra en la sinagoga:
    -¡Quédate aquí, Pablo!…
    -Sí, volveré, si Dios quiere, se lo prometo; pero déjenme ir antes a Jerusalén.

    Desembarca ahora en Cesarea, y de allí “sube” a Jerusalén, donde tiene por lo visto una acogida fría o indiferente:

    -¡Ya está aquí Pablo! El que no quiere la circuncisión ni la Ley de Moisés, el que amplía la Iglesia con paganos y más paganos…
    Pablo no es insensible a estas críticas, y lo siente.

    Por más que los judeocristianos de Jerusalén no podían quejarse mucho esta vez.

    Ven cómo Pablo ha venido desde muy lejos hasta la Iglesia madre para cumplir un voto conforme a las costumbres judías, que no le obligaban para nada. Pablo lo hizo libremente.

    Y con esto podían ver sus adversarios que Pablo no rechazaba las costumbres piadosas de su pueblo.

    Pablo, como escribirá él mismo después, se hacía “judío con los judíos” a fin de ganarlos a todos para Cristo (1Co 9,20). Lo que rechazaba era la circuncisión y la Ley como obligatorias para los que habían recibido la fe y el Bautismo del Señor Jesús.

    Una vez cumplido su voto en el Tempo, Pablo se despide, y se encamina otra vez hacia Antioquía, donde, al revés de Jerusalén, todo es acogida, todo es cariño, todo es estímulo:

    -¡Adelante, Pablo! Visita a los hermanos de Galacia, y a ver si esta vez te deja el Espíritu caer por fin en Éfeso.
    Empezaba la tercera misión de Pablo (Hch 18,22-28; 19,1-10)

    Era a finales del año 52, ó ya la primavera del 53, cuando Pablo atravesaba de nuevo la cordillera del Tauro para visitar las iglesias de Galacia confortando a los hermanos.

    Y por fin, ¡esta vez, sí!, por fin Éfeso, la grande y bella ciudad de Éfeso, rodeada de otras ciudades que serán célebres en la historia apostólica, en especial con las cartas que Juan les dirigirá en el Apocalipsis.

    Nada más llegar, Pablo escucha con interés lo que le cuentan algunos:
    -Teníamos aquí con nosotros a Apolo, un admirable judío de Alejandría. ¡Hay que ver cómo domina las Escrituras! ¡Hay que ver con qué elocuencia habla! ¡Hay que ver qué testimonio da del Señor Jesús!…

    Áquila y Priscila le confirman todo a Pablo:
    -Sí, es cierto; pero no conocía al Señor Jesús más que por lo de Juan el Bautista en el Jordán. Nosotros le instruimos mejor, y marchó a Corinto mucho más preparado. Los hermanos de aquí le dieron carta de recomendación y a Corinto que se fue…

    Pablo, de corazón grande, no siente nada de envidia; al contrario, se goza de que el nombre del Señor Jesús sea más y más conocido por evangelizadores que surgen en la Iglesia como la mayor bendición de Dos.

    Igual que Apolo, estaban aquellos doce creyentes, a los que pregunta Pablo:
    -¿Recibieron al Espíritu Santo cuando abrazaron la fe?
    Los doce del grupo dieron una respuesta extraña por demás:
    -¿El Espíritu Santo? ¿Y quién es? Ni sabemos que exista un Espíritu Santo.
    Prosiguió Pablo con no menor extrañeza:
    -Entonces, ¿qué bautismo han recibido ustedes?
    -El bautismo de Juan el Bautista.

    Pablo tuvo bastante. Algunos discípulos de Juan, después de recibir en el Jordán el bautismo, habían regresado a sus casas, lejos de Judea, y seguían realizando el rito del Profeta.

    Adivinando abierta de par en par la puerta para evangelizar en Éfeso, Pablo contesta:
    -Muy bien lo que dicen. Pero aquello de Juan no era sino una preparación para lo que había de venir. Como decía el mismo Juan, Jesús instituyó el único y definitivo bautismo.
    -¿Y lo podemos recibir nosotros?
    -Si creen en el Señor Jesús, ¡claro que lo pueden recibir!

    Pablo los ve dispuestos, les instruye algo más, hace que se bauticen los doce, y, es de suponer, que con sus mujeres e hijos también.
    Bautizados, les impone las manos, y el Espíritu Santo bajaba clamorosamente haciéndoles hablar en lenguas extrañas; profetizaban, hablaban de Jesús, entusiasmaban a todos…

    Este hecho de los doce que ignoraban al Espíritu Santo lo hemos tomado también como una fina advertencia de Dios a la Iglesia de siempre.
    ¿Cómo es posible ignorar al Espíritu Santo? ¿Cómo es posible desplazarlo en la Iglesia del lugar que le corresponde?…
    El Espíritu Santo, tan calladito, tan delicado, es el gran motor de la Iglesia para llevar adelante la obra del Señor Jesús hasta el fin.

    Pablo adivina todo el provenir:
    -Antes, todo eran dificultades. En Galacia, se me cerraban todos los caminos del Asia, y ahora se me abre de par en par una puerta enorme y prometedora (1Co 16,9)

    El Espíritu Santo, de manera tan sorpresiva e interesante, abría la brecha para el Evangelio en Éfeso. Veremos hasta dónde llegará…

    Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

    NUESTRO MINUTO DE SABIDURIA – XXII


    La riqueza no depende de los dineros que hayas acumulado.
    El que tiene riquezas y no sabe ayudar al prójimo, es pobre.
    El que guarda con avidez los dones recibidos de Dios, es pobre.
    El que no sabe decir una palabra de aliento o mostrar una sonrisa que estimule, es pobre.
    Pero el que, teniendo poco o absolutamente nada, sabe darse para ayudar al prójimo, ese es rico, inmensamente rico.

    +++++++++++++++++++

    Pon atención a lo que pasa en la vida cuando necesitas alimento, eres solamente tú quien lo puede comer. Nadie te puede reemplazar.
    De la misma manera, nadie podrá curarte.
    Tú eres la única persona capaz de curarte, de hacer que tu cuerpo se fortalezca y de liberarte de las enfermedades.
    Emite pensamientos positivos de salud y expulsa de tu organismo todas las molestias.

     

    LA VIDA

    Toda vida es la vida de Dios que se hace presente entre nosotros, aún en un niño que todavía no ha nacido. Nadie tiene derecho a levantar su mano para segarla.

    Yo imagino que el grito de esos pobrecitos que son asesinados antes de nacer debe llegar hasta Dios.

    Toda vida pertenece a Dios, y si Jesús nos dijo que éramos más importantes a los ojos de su Padre que todo lo creado, y Él cuida eso, cuánto más cuidará de nosotros! El aborto va en contra del mandamiento del amor.

    El aborto mata la paz del mundo . ..Es el peor enemigo de la paz, porque si una madre es capaz de destruir a su propio hijo, ¿qué me impide matarte? ¿Qué te impide matar me? Ya no queda ningún impedimento.

    A todos los jóvenes les digo: Ustedes son el futuro de la vida familiar; son el futuro de la alegría de amar. Mantengan la pureza, mantengan ese corazón, ese amor, virgen y puro, para que el día en que se casen puedan entregarse el uno al otro, algo realmente bello : la alegría de un amor puro.

    Pero, si llegaran a cometer un error , les pido que no destruyan al niño, ayúdense mutuamente a querer y a aceptar a ese niño que aún no ha nacido. No lo maten , porque un error no se borra con un crimen. La vida del fruto de ese amor pertenece a Dios, y ustedes tienen que protegerla , amarla y cuidarla. Porque ese niño ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y es un regalo de Dios.

    La vida de cada ser humano, como que ha sido creación de Dios, es sagrada y de infinito valor, porque El nos ha creado a todos nosotros, incluso al niño recién concebido. La imagen de Dios está en ese niño que aún no ha nacido.

    Por eso, pienso que aquellas naciones que destruyen la vida legalizando el aborto son las más pobres, porque temen alimentar a un niño más y, por eso, agregan un cruel asesinato más a este mundo .

    En Calcuta tratamos de combatir el aborto mediante la adopción. Me gustaría abrir muchos de estos centros para niños en los países que han aceptado el aborto. En los que tenemos por toda la India nunca tuvimos que rechazar a ningún niño, y todos están felices en sus nuevos hogares.

    Es maravilloso pensar que Dios ha creado a cada niño. Leemos en las Escrituras que Dios nos dice: “Aún si una madre llegara a olvidar a su hijo, yo no te olvidaré. Te llevo grabado en la palma de mi mano. Eres valioso para mí. Y te he llamado por tu nombre”.

    Estoy convencida de que los gritos de los niños cuyas vidas han sido truncadas antes de su nacimiento, hieren los oídos de Dios.

    Muchos se manifiestan preocupadísimos por los niños de la India o por los de África, donde tantos mueren, sea por desnutrición, hambre o lo que fuera. Pero hay millones deliberadamente eliminados por el aborto.

    Por eso elevo mi voz en la India y en todas partes; hagamos que todo niño, nacido o no, sea un niño deseado. El aborto va en contra del manda miento del amor.

    Creo que si los países ricos permiten el aborto, son los más pobres y necesitan que recemos por ellos porque han legalizado el homicidio.

    Jesús entregó su vida por amor a nosotros. Así, una madre que está pensando en abortar debería ser ayudada a amar; es decir , a poner en segundo lugar sus proyectos y su tiempo libre , y a respetar la vida de su hijo. También el padre del niño, quien quier a que sea, debe mostrarse disponible .

    Todo país que acepta el aborto es porque su gente no ha aprendido a amar, sino que recurre a la violencia para obtener lo que quiere.

    Jesús dijo: “El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.” Al adoptar un niño, esas parejas reciben a Jesús ; por el contrario, al abortar, rechazan a Jesús .

    Por favor no matéis a los niños, yo los quiero. Con mucho gusto acepto todos los niños que morirían a causa del aborto.

    El aborto empobrece a la gente desde el punto de vista espiritual ; es la peor pobreza y la más difícil de superar.

    Cuando le dicen a la Madre Teresa que hay demasiadas criaturas en la India , ella responde: ¿Piensa usted que hay demasiadas flores en el campo ? ¿Demasiadas estrellas en el cielo ? Mire a esta niña, es portadora de la vida; ¿no es una maravilla? ¿Cómo no quererla?

    El aborto es un homicidio en el vientre de la madre . Una criatura es un regalo de Dios. Si no quieren a los niños, dénmelos a mí.

    NUBIA