SI QUIERES PROMOVER LA PAZ, PROTEGE LA CREACIÓN

Somos responsables de la Creación

Si quieres promover la paz, protege la creación es el título elegido por el Papa para la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra mañana. Benedicto XVI advierte de que «los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes» son, «con frecuencia, insostenibles». Pero también señala que «la cuestión ecológica», al poner ante nuestros ojos la responsabilidad de cada uno hacia los demás y hacia los que están por venir, nos brinda la ocasión de construir «una auténtica solidaridad de alcance mundial». Éstos son algunos de los fragmentos más significativos del Mensaje:

Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la Iglesia, experta en humanidad, se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación. En 1990, Juan Pablo II habló de crisis ecológica y, destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar «la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad». Este llamamiento se hace hoy todavía más apremiante ante las crecientes manifestaciones de una crisis, que sería irresponsable no tomar en seria consideración. ¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados prófugos ambientales, personas que deben abandonar el ambiente en que viven a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

Sobriedad y solidaridad

No obstante, no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella. La Humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita redescubrir esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando -ya sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social- son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones.
La armonía entre el Creador, la Humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de dominar la tierra, de cultivarla y guardarla, y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación. El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él.

Destino universal de los bienes

La herencia de la creación pertenece a la Humanidad entera. En cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras. Se puede comprobar que el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras, o de la búsqueda de intereses económicos miopes, que se transforman en una seria amenaza para la creación. Para contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral, es también necesario que la actividad económica respete más el medio ambiente. Cuando se utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también sus costes -en términos ambientales y sociales-, que han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los Gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar, de manera eficaz, una utilización del medio ambiente que lo perjudique. Es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener en cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a las futuras generaciones.
Parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras. El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes; que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para el bien de hoy y para el bien del mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados. Entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados. No obstante, tampoco los países menos industrializados, particularmente aquellos emergentes, están eximidos de la propia responsabilidad respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente medidas y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse más fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la asistencia y la transferencia de conocimientos y tecnologías más limpias.
La crisis ecológica, pues, brinda una oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada a cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más respetuosa con la creación y de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores propios de la caridad en la verdad. Por tanto, desearía que se adoptara un modelo de desarrollo basado en el papel central del ser humano, en la promoción y participación en el bien común, en la responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser, sobre todo, la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial.

El hombre, centro de la creación

Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida.
La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana. No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que salvaguarde una auténtica ecología humana y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.
Hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea, inspirada en el eco-centrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la dignidad de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita, en cambio, a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la gramática que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que, ciertamente, no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana.

Fuente: Alfa y Omega

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Sabemos que vamos a morir…


Maravilloso don el de la Fe, por él creemos en la vida eterna y en la resurrección de los muertos.

No se que tiene este mes de noviembre que con su llegada nos envuelve en una especie de nostalgia, de recuerdos, de cosas y de seres que ya se fueron, que ya no están.

Cuando pase noviembre, en diciembre, será distinto. Diciembre es un mes con alegría de fiestas, de música navideña, de cascabeles, regalos y vacaciones, pero…noviembre siempre tuvo un aire solemne, un tinte gris, quizá porque es el mes en que se recuerda más profundamente a los que nos dejaron y se habla en voz baja de la muerte.

Sabemos que vamos a morir pero no queremos detenernos a pensar en ello. Es una idea latente en nuestro interior pero vivimos como si ese momento nunca nos fuera a alcanzar.

“Después de que se ha hecho lo posible para sostener en lo alto al antorcha de la vida, llegada la hora y cuando “ella” está ya a la puerta, es una locura oponerse al desenlace inevitable. En ese trance, la sabiduría aconseja colgar la espada, soltar los remos, dejarse llevar”, esto nos lo dice el P Ignacio Larrañaga y añade:-” El hombre ha de hacerse amigo de la idea de tener que acabar. Serenamente, sabiamente, humildemente debe aceptar acabarse: soltar las adherencias, que como gruesas maromas lo amarraban a la orilla y… dejarse llevar mar adentro”.

El pensamiento que después de que yo acabe otros comenzarán, así como muchos tuvieron que irse para que yo comenzara, nos va llenando el espíritu de una sublime paz con la certeza de que todo está bien.

Esta forma de ver las cosas nos ayuda para esforzarnos a vivir de tal manera que cuando nos llegue “la hora” podamos decir:”deber cumplido”. Deber cumplido no quiere decir: todo lo hice bien, en todo sobresalí, en todo fui el primero…etcétera, etcétera. El deber cumplido es haber puesto todas las ganas en hacer lo que se nos pedía que hiciésemos según nuestro estado y forma de vida, el haber cumplido, jornada tras jornada, en la cadena de nuestros días con honestidad, con rectitud, con nobleza de corazón.

Morir dignamente, dejar este mundo serenamente, sin rebelión, aceptando. Esto en cuanto a la muerte física se refiere, porque si hay Fe, sabemos que morir es como un desdoblamiento de nuestro verdadero yo, como un renacer de nuevo, dejando nuestra envoltura corporal para que ya libre de ella, nuestro espíritu regrese a la vida eterna, al regazo del Padre sin perder su propia identidad.

Maravilloso DON el de la Fe, por él creemos en la vida eterna y en la resurrección de los muertos, porque Cristo nos dio las primicias con su propia Resurrección y nos espera en el Cielo.

Fue el mes de noviembre el que nos hizo tener esta pequeña reflexión sobre la muerte y al tenerla nos consuela el pensamiento de jamás dejaremos de existir , pues Dios nos otorgó el DON de un alma inmortal y esta es la victoria del hombre sobre la muerte.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Cristo sí resucitó

Día de los Difuntos: la muerte es el paso a la plenitud de la Vida

El 1 de noviembre celebramos la Solemnidad de Todos los Santos, en la que recordamos a tantas personas que han entregado su vida siguiendo las huellas de Jesús en el Evangelio.

A muchos los conocemos, porque la Iglesia los ha canonizado para que sus vidas sean ejemplo para los demás. Pero otros muchos no están en los altares, son los santos anónimos para el mundo, pero no a los ojos de Dios. Y mañana recordamos a nuestros difuntos, una fiesta litúrgica que se remonta al siglo X, cuando fue instituida por san Odilón, monje benedictino. Ante la muerte, los cristianos miramos a Cristo Resucitado porque, como nos recordó Benedicto XVI, siguiendo las huellas de Pablo, “si Cristo no ha resucitado, el cristianismo es absurdo”. En el siguiente reportaje vamos a conocer algunos fundamentos teológicos de ambas fiestas, y testimonios de cristianos ante la muerte de un familiar y la santidad.

¿Es la muerte el final del camino o el principio de la vida? ¿Cómo nos situamos ante ella? Hemos querido que sea el profesor de Escatología de los centros de formación de la diócesis, D. Manuel Pineda, quien nos lo explique. Él afirma que es la pregunta, el gran interrogante, a la que muchos querrían tener una respuesta más clara en orden al futuro. Todos morimos y eso es una realidad permanentemente constatada. ¿Y con la muerte todo termina? ¿Es posible que tanto trabajo e inquietudes, la lucha y la brega de tantos años, las alegrías y sufrimientos que impregnan la vida, todo acabe en un accidente, con un infarto, en una enfermedad prolongada o galopante?

¿Es posible que tantas injusticias, muertes violentas, guerras, sangre inocente, todo termine sin la respuesta adecuada que clama justicia y recompensa a situaciones inhumanas?

Con la muerte no puede terminar todo. La muerte no es caer en el absurdo, como algunos han afirmado, no es una frustración existencial, no es un desenlace terrible. Como creyentes, como personas que razonan y creen en un Dios todopoderoso, justo y bueno, profesamos la gran verdad de fe que confesamos desde pequeños: “Creo en la Vida Eterna”. La muerte es el paso a la plenitud de la vida; es el puente y la puerta para el gozo eterno. Es la llegada al abrazo grande de Dios, nuestro Padre. Dios nos ama. Desde la eternidad nos llamó a ser santos, partícipes de la misma vida y amor, a ser sus hijos, decía san Pablo. Jesús con su muerte dio muerte a la muerte y nos ha conseguido la victoria.

Otro de los grandes interrogantes que nos hacemos es si nuestros seres queridos que ya se han ido con Dios desconectan de toda realidad terrena o siguen de alguna manera entre nosotros. Según D. Manuel, “El cielo es ver a Dios, vivir con Dios, gozar con Dios, y Dios es siempre Camino y es plenitud desbordante. Jesucristo Resucitado es para nosotros el todo. Él es la Cabeza, que goza y vive plenamente en Dios. Nosotros, su Cuerpo, estamos vinculados a Él, como miembros vivos, y participamos de su alegría, felicidad, amor. Todos formamos un solo Cuerpo, una gran familia, y todos, en consecuencia, participamos de los bienes obtenidos en la redención. Hay un intercambio permanente de gracia, alegría, confianza, amor, del que vamos participando todos: los que ya gozan de la felicidad del cielo, los que todavía deben purificarse y los que peregrinamos por la tierra. Por eso, nos sentimos unidos fuertemente a ellos y ellos a nosotros; sentimos su cercanía; aunque permanezcan lejanos, estamos cercanos, en verdadera comunión de fe, esperanza y amor.

En Dios no hay distancia. Ellos interceden por nosotros junto a Dios, y en los momentos fuertes y alegres del día, los sentimos a nuestro lado, no están desconectados de nosotros, nos alientan, estimulan y continúan a nuestro lado. Es la gran verdad de fe que llamamos y confesamos: “Creo en la Comunión de los Santos”.

Fuente: Diócesis Málaga

Meditacion para la Solemnidad de Todos los Santos


Este año coincide el día del Señor, el domingo, con la Solemnidad de Todos los Santos, fiesta que nos permite invocar a los que nos han precedido en la fe y gozan ya de la visión de Dios, nuestros mejores intercesores. La travesía de la existencia se hace más llevadera cuando se acierta a invocar a los amigos de Dios. Sería interminable la narración de hechos favorables que gustan los que tienen a los santos como compañeros de camino.

Es posible que en los últimos años, por purificación de la religiosidad, se haya acentuado la centralidad de Cristo en la vida del cristiano y la propuesta del Evangelio como forma de vida creyente. En esta hora se vuelve a considerar, sin merma de la supremacía de Jesucristo, a quienes han sido y son testigos del seguimiento evangélico como mejor demostración de que es posible vivir a la manera de Jesús y de María, su madre.

Acércate a los santos y experimentarás una atracción suave, que deja en el interior una sensación de bienestar y de paz, a la vez que se reavivará en ti el estímulo para hacer el bien y la propia vocación a la santidad. Ellos nos hacen la mirada luminosa, desde la que se contempla la realidad con los ojos de Dios.

La santidad, aunque parezca algo inalcanzable, está viva entre nosotros, en personas que de forma silenciosa, discreta y permanente hacen de sus vidas un proyecto de amor a Dios y a cuantos los rodean. Han experimentado el atractivo de la Humanidad de Cristo y se convierten en reflejo de la humanidad transfigurada. Se sienten amados de Dios, y aman, a pesar de la oscuridad, de la duda, de la tentación. En esas circunstancias aquilatan aún más su entrega enamorada.

La santidad transforma el recinto doméstico y el social en espacio fascinante, aunque suponga entregar la vida. La opción generosa y gratuita de comenzar cada día el proyecto del seguimiento evangélico otorga a quien así vive el conocimiento de lo pasajero y la certeza de lo eterno, don de sabiduría.

Los santos han sido y son los mejores amigos, los más solidarios e intuitivos. Se arriesgan, confiados en la promesa del Señor, y convierten su existencia en un proyecto de generosidad, con la sagacidad de trocar las circunstancias históricas en las que les toca vivir en mediación providente. Son testigos y profecía de la vida divina en medio de sus contemporáneos.

Si te introduces en el conocimiento de la historia de los santos, te asombrarás al comprobar su sensibilidad humana, por la que han sido capaces de dar las respuestas más atrevidas ante los problemas sociales, religiosos, hasta políticos del momento, al mismo tiempo que se convierten en espejo de la mirada de Dios, por su relación con Él íntima, orante y contemplativa.

El secreto que se descubre en la vida de los santos es, precisamente, su relación creyente y amorosa constante. Todo lo viven desde la relación teologal y afectiva, de la que son conscientes, la que Dios tiene con ellos, la que ellos desean mantener con Dios y en Él con todos.

Ten la sabiduría de invocar y de conocer a los santos, ellos te apoyarán en tu vocación a la santidad.

Fuente: Ciudad Redonda

Amen a sus enemigos… ¡Qué difícil Señor!


Hoy a tus pies traigo un corazón que se resiste a perdonar. El dolor que le causaron fue tan fuerte, que alcanzó gravedad de tragedia para mi corazón y para mi vida…

Hoy ante ti, Jesús Sacramentado, recordamos tus palabras: “Ama a tus enemigos..” Un mandamiento nuevo, era algo que rebasaba toda doctrina, toda ley. Era algo que estremecía las entrañas y el corazón, era algo que sobrepasaba todo sentimiento humano para llegar a tocar lo que naturalmente no correspondía a nuestro sentir, a nuestro apasionado corazón y razón cuando alguien o algo nos daña…

Jesús, nos pedías algo que tu sabías qué difícil y “cuesta arriba” es para nuestro corazón otorgar el perdón, pero…sabías que tus palabras iban a tener ejemplo y respuesta a esta petición cuando en la cruz dirías: – ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!… y por eso tus palabras:Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen ¿no hacen lo mismo que los publicanos?. Y si saludan tan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario, ¿no hacen eso mismo los paganos?. Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial, es perfecto. (Mateo 5,43-48)

Jesús, hoy a tus pies traigo un corazón que se resiste a perdonar. El dolor que le causaron fue tan fuerte, que alcanzó gravedad de tragedia para los sentimientos y para mi vida… ¡ten compasión de mí! ¡Ayúdame para que poco a poco la paz vaya entrando en mi corazón y pueda, con tu apoyo, otorgar ese perdón que tu pides.

Pero tal vez mi corazón no tenga heridas tan profundas sino que esté lleno de rencillas, de palabras mal interpretadas, de antipatías gratuitas, de que no se por qué…. “pero no me cae bien”, no soporto a “esa” persona, guardo pequeños rencores sin una causa real…de una palabra, de una mirada, de algo que no me gustó y me cayó mal… de una rivalidad… de una envidia… ya no nos hablamos… que ella o él de “su brazo a torcer” ¡yo no!.

Jesús, manso y humilde de corazón, dime ¿qué dices de este corazón que aún no ha aprendido a perdonar y no solo eso sino que no sabe orar y rogar para que, olvidando tanta pequeñez y tontería, sea generoso y pida por ella o por él?

Quiero paz, Señor, esa paz tan hermosa que tu sabes dar al corazón, al alma que se libera de la esclavitud de todos esos mezquinos sentimientos, porque ya empezó a amar como tu nos amas olvidando y perdonando todas nuestras faltas.

Quiero ser grande, volar muy alto, que por amor a ti no me importen tanto las cosas pequeñas de este mundo… parecerme a ti que sabes amar dando todo por nada, ayúdame, Señor. Amén.


  • Preguntas o comentarios al autor

  • Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

    Ahí está el detalle

    El imprescindible papel de la familia en la sociedad

    Artículo cortesía de la revista ¡Tenemos que hablar!©

    Es difícil imaginar un jardín sin flores, árboles y verdura. Lo mismo debería suceder cuando hablamos de la relación sociedad-familia. Digo que debería, porque en la práctica parece que ya se puede hablar de la primera sin la segunda, núcleo fundamental y razón de ser de la sociedad.

    Hoy por hoy, convivimos, posiblemente somos partidarios o quizá hasta fomentamos el individualismo a ultranza, el relativismo cultural, la crisis de los valores y la aceptación pasiva de legislaciones que dejan de apoyar la subsidiariedad (ayudas en sustento de la familia a manera de prestación pública asistencial de carácter, sobre todo, económico y jurídico) necesaria del Estado a la familia.

    Las manifestaciones concretas (divorcios, eutanasia, equiparación de uniones homosexuales como “matrimonio”, legislaciones a favor del aborto, aceptación social de las uniones de hecho, promoción de programas de esterilización, etc.) –y en aumento– de esos cuatro factores mencionados podrían hacernos pensar que el papel de la familia fue preciso solamente en un periodo histórico concreto y de cuyas funciones hoy podemos prescindir.

    Y sin embargo las apariencias engañan. ¿Alguien cuerdo podría afirmar que por colocar en un amplio espacio flores artificiales, árboles de plástico y pasto sintético tendría un auténtico jardín? Flores, pasto y árboles verdaderos tienen sus funciones dentro de ese todo al que llamamos jardín. Y esas funciones son, tanto de forma individual como en su conjunto, esencialmente las mismas desde que ha habido jardines. Una situación parecida acontece con la familia.

    La familia es una institución insustituible socialmente valiosa pero, ¿cuál es su papel? ¿Por qué es valiosa? ¿En qué áreas concretas ese papel evidencia sus beneficios y por qué otra institución no puede sustituirla?

    1. Papel

    El papel de los elementos que componen un jardín no es meramente estético. Es bien conocido que flores y árboles producen oxígeno necesario para la vida humana. La familia es el oxígeno para la sociedad. Fundada en el único y verdadero vínculo natural capaz de generar vida, el matrimonio entre un hombre y una mujer, la familia es la primera sociedad humana donde sus miembros son educados y amados.

    2. Valor

    El papel de la familia conlleva un valor. Es decir, una aptitud para hacer frente a los males con los que se enfrenta.

    A. Frente al individualismo basada en una errónea concepción de la libertad que la hace degenerar en libertinaje y que promueve un desinterés e indiferencia hacia los demás, considerando realización personal y valor supremo a la satisfacción de propio deseo, la familia nos recuerda que somos seres que nos interrelacionamos y que por eso mismo necesitamos de los otros así como ellos nos necesitan. Pero esa necesidad la es del auténtico hombre y mujer, no de sucedáneos.

    B. Frente al relativismo la familia recuerda que las nociones que en ella se aprenden, las primeras y más importantes, la del bien y la del mal, no son construcciones que podemos hacernos sino evidencias que debemos reconocer. La legalidad construida no debe confundirse con el bien. Y el bien, hermano de la verdad, no será jamás el resultado de una votación por muy democrática que sea.

    C. Frente a la crisis de los valores y las virtudes, la familia hace resonar la voz de aquellos que, aunque desestimados por muchos ante las exigencias que conlleva vivirlos y fomentarlos, son pilares sólidos sobre los que se construye una sociedad auténticamente humana. Ahí están la honradez, el respeto, la solidaridad, la fidelidad, la castidad, el compromiso, etc., de los cuales penden ya no sólo las relaciones dentro de la familia sino la existencia de un Estado.

    4. Frente a legislaciones erróneas que hacen desestimar y aparecer como anticuada, obsoleta o superada la institución familiar, el dato mismo de la valoración común que aún se da hacia la familia compuesta por un matrimonio entre un hombre y una mujer con hijos y las relaciones con sus cercanos, sigue estando a la alza. De ahí que implícitamente se necesiten políticas gubernamentales que favorezcan el que los jóvenes vean en su hermosa realidad la familia a través de las facilidades que para ello se les debe dar en materia de vivienda (amplias, bajas en costos, etc.), prestaciones laborales (sobre todo para la mujer embarazada y, por qué no, también para el padre) y mecanismos que permitan conciliar trabajo y familia.

    3. Áreas

    Para captar mejor la importancia del papel de la familia formulemos en negativo –así además dejaremos sentir su impacto– las consecuencias de un despojo del auténtico lugar que esta institución debe seguir poseyendo.

    A. Económica

    El premio Nobel de economía y profesor de la universidad de Chicago, Gary Stanley Becker, ha desarrollado su tesis principal sobre los beneficios que la familia ofrece a la economía al grado de definirla como su fundamento. Una de las conclusiones de este premio Nobel es que una sociedad no puede crecer ni desarrollarse si no se invierte en ella. Y es que resulta evidente: cómo lograr que un país mantenga su riqueza si no hay quienes la generen. De hecho, en países como España, la situación generada debido a la escases de nacimientos plantea ya un problema a corto plazo: ¿quién pagará las pensiones de los jubilados si hay más población anciana que joven?

    B. Social

    Siendo que la familia es la primera escuela de virtudes y valores, cómo sin ella logrará conocerlos la persona. Pero aún más. Esa falta de un faro que ayude a distinguir la verdad y el bien de donde no los hay, se reflejará cada vez más en leyes humanas que atenten contra su misma dignidad como, de hecho, ya está sucediendo.

    C. Cultural

    Una sociedad sin valores es una sociedad sin referencias. Cómo conocerá la solidaridad hacia el necesitado, el enfermo y el que sufre si nació en la división; cómo comprometerse y respetar al gobierno si nació fuera del compromiso que es una falta de confianza en el otro y en sí mismo. Y siendo que no fue guiado en el aprendizaje del bien y del mal, la delincuencia, las drogas y la violencia podrán hallar fácilmente una presa.

    4. Insustituible

    Podría pensarse en que, con el declive de la familia, otra institución podría tomar su papel. ¿Y cuál sería la más adecuada? ¿Cuál la correcta? ¿Cuál la mejor? Por la historia conocemos lo que ha sucedido cuando el Estado ha intentado suplirla. El régimen nazi es el último ejemplo concreto de ello. Sin embargo, ¿el Estado estaría dispuesto a invertir no sólo dinero sino amor en cada hijo? El amor, el cual en mayor o menor medida conocemos todos los hombres, es el factor diferenciador. La familia, la auténtica, es la única capaz de dispensar el amor que sólo en ella se puede dar y recibir.

    Hemos recordado el papel de la familia, su valor, los lugares donde ese valor se hace más palpable y el hecho que la hace aparecer como insustituible. Posiblemente aún alguno pudiera seguir pensando que a un árbol de plástico, al pasto sintético y a unas flores artificiales se les puede llamar jardín. Y así podría pasar falazmente. Pero, y lo sabemos, jamás darán el oxígeno necesario para la vida. Ahí está el detalle.

    Autor: José Enrique Mújica, LC | Fuente: Churchforum

    7 consejos para un matrimonio maduro

    7 consejos para un matrimonio maduro

    1. El matrimonio es para amar. Y amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es donación. La medida del amor es la capacidad de sacrificio. La medida del amor es amar sin medida. Quien no sabe morir, no sabe amar. No olvides: “amar ya es recompensa en sí”, como decía el padre Marcial Maciel. Amar es buscar el bien del otro: cuanto más grande el bien, mayor el amor. Los hijos son la plenitud del amor matrimonial.

    2. El amor verdadero no caduca. Se mantiene fresco y dura hasta la muerte, a pesar de que toda convivencia a la larga traiga problemas. El amor, ama hoy y mañana. El capricho, sólo ama hoy. Los matrimonios son como los jarrones de museo: entre más años y heridas tengan, más valen, siempre y cuando permanezcan íntegros. Soportar las heridas y la lima del tiempo, y mantenerse en una sola pieza es lo que más valor les da. El amor hace maravillas.

    3. Toda fidelidad matrimonial debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. La fidelidad es constancia. En la vida hay que elegir entre lo fácil o lo correcto. Es fácil ser coherente algunos días. Correcto ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de alegría, correcto serlo en la hora de la tribulación. La coherencia que dura a lo largo de toda la vida se llama fidelidad. Correcto es amar en la dificultad porque es cuando más lo necesitan.

    4. Séneca afirmó: “Si quieres ser amado, ama”. El verdadero amor busca en el otro no algo para disfrutar, sino alguien a quien hacer feliz. La felicidad de tu pareja debe ser tu propia felicidad. No te has casado con un cuerpo, te has casado con una persona, que será feliz amando y siendo amada. No te casas para ser feliz. Te casas para hacer feliz a tu pareja.

    5. El matrimonio, no es “martirmonio.” De ti depende que la vida conyugal no sea como una fortaleza sitiada, en la que, según el dicho, “los que están fuera, desearían entrar, pero los que están dentro, quisieran salir”.

    6. El amor matrimonial es como una fogata, se apaga si no la alimentas. Cada recuerdo es un alimento del amor. Piensa mucho y bien de tu pareja. Fíjate en sus virtudes y perdona sus defectos. Que el amor sea tu uniforme. Amar es hacer que el amado exista para siempre. Amar es decir: “Tú, gracias a mí, no morirás”.

    7. Para perseverar en el amor hasta la muerte, vive las tres “Des”: Dios. Diálogo. Detalles.

    a. Dios: “Familia que reza unida, permanece unida”.

    b. Diálogo, para evitar que los problemas crezcan.

    c. Detalles: de palabra y de obra. “Qué bonito peinado”. “¿Qué se te antoja comer?” “Eres el mejor esposo del mundo”. “Hoy, la cena la hago yo”. “Nuestros hijos están orgullosos de ti”. El amor matrimonial nunca puede estar ocioso.

    “Aprovecho esta oportunidad para recordarles algunas cosas sobre este gran sacramento que es el matrimonio: para algunos el matrimonio no es más que un convenio social, para otros es un estado de vida en el que ambos comparten totalmente su vida, su persona y su destino; pero para el cristiano el matrimonio es mucho más. Es, ante todo, un camino de santidad, es decir, un camino hacia Dios, fundamentado en el amor humano y en la procreación de los hijos que Dios quiera regalar. Camino de santidad, sí, porque dentro de él se vive para amar, sin egoísmos, sin intereses personales, sin mezquindades. Camino de santidad porque es camino de renuncia y de sacrificio, ya que no hay amor posible sin ellos. Camino de santidad porque permite vivir heroicamente la caridad, virtud reina del cristianismo, tanto en las relaciones entre los esposos como en las relaciones con los hijos” (P. Marcial Maciel, L.C.).

    Autor: Ricardo Ruvalcaba | Fuente: Churchforum
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